El sueño en las civilizaciones

En todos los pueblos se atribuye a los sueños la naturaleza de mensajes de los dioses. El conjunto de factores que constituyen la experiencia humana percibida a través de los sentidos se amalgama con el bagaje de sabiduría proveniente de las esferas celestiales que se transmite a través de la experiencia onírica, pues el hombre primitivo auna en una totalidad el mundo visible y el imaginario, por lo que se da una permanente comunicación entre las percepciones que hoy en día se nos antojan como reales, esto es, las experiencias recibidas mediante la información que recibimos sensualmente, y todo el copioso flujo místico, imaginario, onírico y divino que se recibe en el viaje cotidiano que efectuamos todas las noches al mundo de los sueños.

Así, no es extraña la idea que tienen en esas tribus primitivas, según la que el cuerpo del soñador permanece tendido en el lecho mientras el alma se permite un viaje astral. Incluso existen chamanes en tribus centroamericanas que acuden a visitar en sueños a otros miembros enfermos para curarlos, tratan con los antepasados con el fin de saldar una deuda o se permiten asistir a la morada de los dioses.

El mundo onírico es, pues, desde una perspectiva primitiva de la humanidad una comunicación con los seres divinos, de cuya naturaleza participa el alma, si adoptamos la concepción de los feligreses de un amplio abanico de religiones que atribuyen tal función a los sueños.

En Gabón, África, el relato de un sueño representa un testimonio de mayor enjundia que la declaración de una persona que haya asistido a un hecho determinado. En la zona ecuatorial del continente negro, son consignados como viajes los ejercidos en el desarrollo de un sueño. Incluso puede acusarse de un delito a un miembro de la tribu, que no se resistirá a cumplir el castigo si se le convence de que ha perpetrado la fechoría en sueños. Es condenable la comisión de adulterio onírico, por lo que si hay quien reconoce que haya yacido junto a la mujer de otro durante un sueño, habrá de pagar una multa o recibir la repulsa de la tribu por el delito.

De ese modo, en la mentalidad primitiva, no existe nada que supere al designio de los sueños, por lo que ni la familia, la salud, las relaciones, la amistad, las necesidades de la tribu o el mandato del jefe pueden impedir que un hombre actúe contra el mandato de los sueños. Cuentan numerosos misioneros expertos en el trato con tribus de varios continentes que el aldabonazo que ha provocado las conversiones de infinidad de nativos ha sido desde luego recibido a través de los sueños, que han tenido más peso que horas de plática, doctrinas y lecturas sagradas. Incluso los había que respondían «ya lo soñaré», cuando se los instaba a abrazar la fe. En la mentalidad de esos pueblos, no puede determinarse un paso tan crucial como el de mudar la fe; así, se mostraran incrédulos mientras no reciban un mandato proveniente del mismo Dios.

Los sueños son para ellos el momento de comunicación con los dioses, por lo que al recibir el consejo del misionero explicado por el desarrollo de un sueño, no dudan de que ésa es la voluntad divina y se convierten. Otra cosa será tras la conversión, si se les convence de que el dogma sobre el que habían cimentado su vida, la creencia en los mensajes de los sueños por encima de todo, no debe supeditarse a la doctrina proclamada por una determinada religión, preferentemente cristiana, pues son sus ministros los que más han predicado por los cinco continentes.

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