Dar paz y luz a un difunto

Cuando un ser querido nos abandona, algo de nosotros marcha con él. La vida y la muerte no son dos hechos aislados entre sí. La vida es metamorfosis y la muerte es un paso más dentro de la evolución del alma que nos encamina a centros más puros de energía.
No es éste momento ni lugar para comentar y desarrollar la teoría de la reencarnación pero de lo que sí deseamos dejar constancia es de que la muerte sólo es un tránsito que nos descarna de la materia y conduce nuestro espíritu a planos mucho más elevados de consciencia.
Pero, a pesar de lo comentado hasta el momento, es justo reconocer que cuando un ser querido desaparece, el vacío que sentimos en el alma es dolorosamente humano y comprensible. La ausencia física puede llegar a atormentarnos y los recuerdos se amontonan en nuestra mente llenándonos de añoranza.
Aún permanecen en nuestros oídos aquellas palabras dulces y precisas que, hasta hace poco, nutrían de amor nuestra existencia. Aún podemos escuchar el tono de su voz y percibir el suave aroma que invadía el espacio cuando el amado ausente entraba en una estancia o íntimamente se hallaba a nuestro lado. Y dicho olor, dolorosamente deseado, aún impregna nuestras papilas olfativas e invade la memoria de la parte del cerebro destinada al amor y a la evocación.
Nuestro corazón, aun consciente de que la muerte no existe, llora la ausencia aun sabiendo que, mientras en nosotros quede un átomo de vida física, mientras tengamos un recuerdo para la persona que ya no nos acompaña, su vida se prolongará a través de la propia, nuestro corazón ya jamás estará solo y la presencia del amor compartido acompañará todos los actos de nuestra existencia.
No obstante, es conveniente que nuestro amor y las circunstancias terrenales por las que estemos atravesando no anclen el alma del difunto a este plano de existencia terrenal a la que ya no pertenece. Deberemos aprender a amarlo con un sentimiento desprendido y orientar su alma hacia la luz del espíritu que rige y empapa el universo, permitiendo que desencarne totalmente en la seguridad de que nuestro sufrimiento se transmutará en la energía más pura que seamos capaces de ofrecerle.
A continuación vamos a detallar un hermoso ritual que facilitará que el alma de la persona desaparecida descanse y evolucione hacia la luz que impregna los planos espirituales más elevados.
INGREDIENTES
1 paño de tela de saco.
1 cazuela de barro.
Esencia de coco.
Un pedazo de carbón o carboncillo.
1 fotografía de la persona difunta.
1 pequeño objeto personal de la citada persona
55 velas moradas.
Cerillas de madera.
1 panecillo tierno de pan blanco.
1 cinta delgada de color morado.
Miel.
Semillas de sésamo o ajonjolí.
17 monedas de curso legal.
PREPARACIÓN
Empezaremos por escribir con el carboncillo en la base de la cazuela el nombre de la persona difunta a la que deseamos dar luz y paz espiritual. Extenderemos la tela de saco sobre una mesa y en su centro depositaremos la cazuela de barro untada con esencia de coco. Pasaremos a continuación a rodear la cazuela con siete velas moradas y a encenderlas, como de costumbre, con cerillas de madera.
Acto seguido, con el mismo carboncillo, escribiremos nuevamente el nombre y fecha de nacimiento de la persona difunta en el dorso de su fotografía y lo pondremos junto con su objeto personal, derramando sobre ambas cosas siete gotas de cera de cada una de las velas.
Tomaremos el panecillo, lo partiremos por la mitad y en su interior depositaremos la fotografía del difunto y su objeto, procediendo a tapar nuevamente el panecillo con el fin de ocultar lo que contiene en su interior. Ataremos el pan con una cinta morada, cerrándola con siete nudos.
Depositaremos el panecillo sobre la cazuela y encima del mismo derramaremos la miel, espolvoreando todo el conjunto con las semillas de sésamo y rodeándolo con las diecisiete monedas de curso legal.
Deberemos velar la magia al menos durante media hora diaria, que siempre deberá ser la misma, rogando a Babalú Ayé por el alma del difunto para que alcance la paz, se desarraigue de todo lo terrenal y se dirija hacia la luz y el amor del Creador Supremo.
Mantendremos una vela morada encendida ininterrumpidamente durante diecisiete días, renovándola tan pronto se consuma.
Transcurridos los diecisiete días prescritos, envolveremos todo el conjunto y, a las doce de la noche, la depositaremos a la puerta del cementerio en donde se halle enterrado el difunto.

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