Alejar a la justicia

Mucha gente ha cometido actos y ha pasado etapas de su vida que, con la perspectiva que concede el tiempo, no suscribe con placer u orgullo y desearía borrar del boceto dibujado de su vida.
Si errar es humano y divino perdonar, la transigencia unida al amor y a la comprensión nos acerca a los dioses. Nadie se libra de un traspié o de un mal paso. Nadie puede presumir de ser ajeno a las circunstancias y, ocasionalmente, verse engullido por ellas. Lo más importante es aprender la lección y nutrirnos de las malas experiencias para que éstas no vuelvan a repetirse.
Otro punto a tener en cuenta es la multitud de trampas que nos tiende la vida. Por ejemplo, los amigos que, aun anunciándose como tales, se comportan como el peor de los enemigos, o bien los intereses creados y las cortinas de humo que las personas corren tras de sí, dejándonos expuestos muchas veces a enormes tropiezos en mitad del escenario de la vida. Todo lo citado puede hacer que tengamos un papel protagonista en cuestiones que, sin comerlo ni beberlo, puedan alterar seriamente nuestra existencia. Y para que ello no ocurra, para que la justicia obre con recto parecer y sus efectos no nos alcancen, además de andar con mucho tiento, realizaremos el ritual que seguidamente detallamos.
INGREDIENTES
1 sartén clásica (que no sea antiadherente).
1 cuchara o cualquier pieza de hierro que sirva para remover.
1 mechón de pelo de la persona interesada.
Recortes de uña de los dedos de ambas manos.
Unas gotas de saliva y otras de orina.
3 gotas de esencia de tomillo.
1 pedacito de sarmiento (tronco retorcido de la vid).
1 pedazo de carbón molido.
1 paño negro.
1 cactus grande (si procede).
PREPARACIÓN
Pondremos la sartén al fuego y cuando empiece a humear depositaremos en su interior todos los ingredientes mencionados.
Con cuidado de no quemarnos, iremos removiendo la sartén con la cuchara o pieza de hierro, dibujando constantemente en su fondo la figura de un triángulo. Cada vez que dibujemos simbólicamente dicha figura geométrica nombraremos en voz alta el sagrado nombre de Ochosi, encomendando a él nuestra libertad y destino.
Cuando el contenido de la sartén esté completamente carbonizado y reducido a polvo tomaremos la sartén y soplaremos su contenido en las cuatro esquinas de nuestra casa o las del lugar que deseamos proteger.
Envolveremos la sartén en un trapo negro y la enterraremos en la tierra de un parque o jardín cercano a la casa. En caso de que nos sea imposible realizar dicho acto, sustituiremos el parque por una maceta de barro en la que plantaremos un espinoso cactus de gran tamaño.

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