Los calendarios de mesoamérica

A lo largo de los siglos, muchas culturas diferentes se han ocupado de desarrollar sistemas parar predecir cuáles eran los días favorables y los nefastos. Pero ninguna civilización produjo sistemas comparables, en complejidad y sofisticación, a los que se usaban en México y América Central durante los años anteriores a la conquista española.
Los pueblos que habitaban esa zona, cuyos exponentes más conocidos son los aztecas y los mayas, compartían muchas ideas acerca del paso del tiempo. Para todos ellos los calendarios no eran sólo un sistema para registrar la fecha, sino también la principal herramienta de que disponían para concebir y organizar su mundo y para predecir el futuro. Cada día estaba determinado por una serie de influencias, tanto astrológicas como divinas. La confluencia de ambas determinaba si el día en cuestión sería propicio o no, aspecto que se tenía en cuenta a la hora de designar las actividades que se podían emprender en el transcurso del mismo.

Los años mesoamericanos

Todas las naciones mesoamericanas reconocían un ciclo anual de 365 días que aproximadamente se correspondía con nuestro año solar. El año se dividía en 18 meses de 30 días cada uno, y al final de cada año quedaban cinco días sobrantes. Eran los Días sin Nombre, un periodo que se consideraba aciago porque no contaba con la protección de ningún dios. Sin embargo, el sistema carecía de algún mecanismo de adaptación similar a nuestro año bisiesto, por lo que a la larga su estimación de 865 días se desajustaba respecto al ciclo de las estaciones. Ese calendario se empleaba para distribuir los acontecimientos públicos a lo largo del año, aunque, dada su imprecisión, era preciso cambiar de fecha las siembras y las cosechas periódicamente para mantener el equilibrio del año agrícola.
Se usaba de manera paralela un segundo calendario de 360 días que a efectos adivinatorios era mucho más importante, si bien carecía de una base estacional evidente. Es muy probable que su referencia directa fuera el periodo de gestación humano, medido desde la primera falta en el ciclo menstrual hasta el nacimiento, ya que las nodrizas podrían haber usado un cómputo de 360 días para calcular la fecha probable del parto. El hecho que parece confirmar esta teoría es que los niños aztecas normalmente recibían el nombre del día en que habían nacido según este ciclo anual. Además, se creía que los recién nacidos ya habían completado un ciclo entero de ese año.
En los nombres propios de los niños aparecían dos elementos: por un lado, el nombre de uno de los 20 días de esos meses (que podía ser Viento, Ciervo, Piedra o Flor) y, por otro, un número de un ciclo constante de 13. Así, un niño se podía llamar Dos Ciervos, Doce Piedras, etcétera. En la sociedad azteca cada uno de esos 30 nombres estaba asociado a un dios específico, como lo estábanlos 18 números, cuyos patrones eran los 13 Señores del Día. Había otras influencias, como la de las 18 criaturas voladoras, desde los colibríes hasta los buhos, a su vez relacionados con uno de los trece niveles del cielo azteca. Por ello, el calendario de 260 días era el principal almanaque del adivino, ya que ejercía una influencia tan compleja sobre cada día que solamente los especialistas podían conocerla totalmente. De hecho, todos los sacerdotes aztecas recibían instrucción sobre las artes adivinatorias.
hechizos
El Caracol, en las ruinas mayas de Chichén Itzá, en el norte de Méjico. Se cree que este edificio era un observatorio desde el que se observaban los movimientos de Venus.

Sigue leyendo >>>