Los augurios romanos

El Imperio romano estableció una especie de burocracia de la adivinación. Los augurios romanos se basan en la idea de que el panteón de los dioses familiares (Júpiter, Marte, Apolo y demás) controlaba los aspectos físicos del mundo natural, y además podía, si así lo deseaba, valerse de éste para comunicarse con los muertos. Las señales podían ser naturales (eclipses, relámpagos) o bien inducidas artificialmente. Gomo ejemplo de lo segundo cabe citar a los augures que intentan descubrir la voluntad divina soltando unas cuantas gallinas sagradas y observando sus pautas de alimentación. En cualquier caso, ya se tratara de un ciudadano prudente o del monarca de un reino bien gobernado, había que contemplar detenidamente esos presagios y comprobar si las propias acciones estaban en consonancia con la voluntad divina. Los augurios romanos fueron una manifestación adivinatoria de carácter práctico, tanto en organización como en intenciones. Al igual que los griegos, los romanos recurrían a los sueños, los oráculos y las declaraciones de videntes inspirados, pero su principal objetivo no era adivinar el futuro, sino enterarse de si una acción determinada resultaría del agrado del dios relevante en cada caso.

El legado etrusco

Los métodos empleados por los romanos para acceder a la voluntad divina habían sido heredados en su mayor parte de los etruscos, pueblo limítrofe por el norte. Roma conquistó Etruria hacia el siglo v a. C., y a partir de entonces concedió la ciudadanía romana a sus habitantes. Los etruscos eran conocidos por sus artes adivinatorias, y a pesar de ciertos recelos (Cicerón escribió en una ocasión que «todo el pueblo etrusco se ha vuelto completamente loco sobre la cuestión de las visceras»), los romanos fueron capaces de aprovechar esa sabiduría.
Los etruscos dejaban la adivinación en manos de los expertos. Había un mito que explicaba cómo ese pueblo llegó a adquirir conocimientos proféticos. En una ocasión, en un campo cercano a Tarquinia salió de un surco un niño prodigio llamado Tages. Estaba completamente formado y tenia la cara de un anciano marchito. El labrador que lo presenció, estupefacto, difundió la noticia con rapidez, de modo que no tardó en congregarse una muchedumbre deseosa de presenciar el prodigio. Tages expuso ante ellos varios misterios, entre ellos los secretos de la adivinación, que los escribas etruscos anotaron cuidadosamente. Una vez hubo cumplido su misión, el muchacho desapareció tan repentinamente como había aparecido.
En su implacable afán de eficiencia y poder, los romanos no sólo asimilaron la sabiduría difundida por Tages, sino que además la formalizaron y la pusieron al servicio del Estado, estableciendo una distinción entre los auspicios (auspicia), que eran mensajes del mundo natural que debían ser descifrados, y los augurios (prodigia), fenómenos extraordinarios que indicaban que algún dios estaba irritado y había de ser apaciguado.
Los auspicios surgieron con diversas formas, pero las más importantes eran las señales que aparecían en el cielo, como los relámpagos o el comportamiento de los pájaros. Los augures, profesionales con contrato vitalicio, eran los encargados de interpretarlos. Al inicio de la República sólo había tres o cuatro, pero en tiempos de Julio César, en el siglo I a.C., su número había ascendido a dieciséis. El báculo con el que oficiaban era un bastón curvado llamado lituus, y llevaban unas llamativas togas de rayas escarlatas ribeteadas de púrpura. Los augures eran altos funcionarios del Estado: había que recurrir a ellos antes de tomar cualquier decisión pública de envergadura. Poseían auténtico poder, y bastaba con que declararan que los augurios eran desfavorables para que los más destacados acontecimientos, como elecciones, consagraciones e incluso declaraciones de , guerra fueran suspendidos indefinidamente.
Los augures realizaban sus tareas en un recinto sagrado, el denominado templum o santuario. Para crear uno lo único que tenían que hacer era delimitar un espacio a su alrededor con sus bastones. A continuación se situaban dentro de él y, desde ahí, observaban el cielo. De día miraban el vuelo de las aves, y de noche escrutaban en busca de relámpagos u otras señales. Su método consistía en dividir mentalmente el cielo, primero en cuartos por las principales líneas de la brújula y después en dieciseisavos. Los etruscos, iniciadores de esta práctica, habían asociado cada sección con un dios concreto. El significado de una bandada de pájaros o de un relámpago dependía de la posición que hubieran asumido en el cielo. En general, se consideraba que los signos que aparecían por el este eran favorables, mientras que los que surgían en el oeste eran poco halagüeños y los del norte poseían una notable relevancia profética.
hechizos
En este fresco, pintado en el siglo VII a. C. en la tumba etrusca de los augures, en Tarquinia, aparece un vidente rindiendo un homenaje a las puertas del mundo subterráneo. Los romanos asimilaron con entusiasmo la práctica adivinatoria etrusca. Existe un testimonio del año 840 a. C. que menciona a ciertos aristócratas romanos que enviaban a sus hijos a Etruriapara que estudiaran adivinación con la esperanza de que ese conocimiento les ayudase a avanzar en sus carreras.

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