Locura divina

El espíritu de la profecía dejó su impronta en el mundo grecorromano. En la vida cotidiana apenas se tomaban decisiones relevantes sin consultar a oráculos o a adivinadores, mientras que en la mitología los seres con poderes profetices desempeñaban un papel fundamental, figuras trágicas para las que sus dones eran una maldición terrible. Asi, la princesa troyana Casandra recibió el don de la profecía del dios Apolo como recompensa por prometerle que se entregaría a él, pero después cambió de opinión y se negó a cumplir su compromiso. Como castigo, Apolo la condenó a saber siempre lo que iba a suceder sin que nadie la creyera jamás. El vidente Tiresias recibió su don de predecir el futuro de Zeus como compensación después de que Hera, esposa de Zeus, le dejara ciego. Tiresias había ofendido a los dioses, porque cuando le preguntaron quién disfrutaba más del sexo, si los hombres o las mujeres, respondió que el placer de las mujeres era nueve veces más intenso.

Adivinos y visionarios

En la Antigüedad grecorromana existían dos tradiciones proféticas paralelas que Platón, en su diálogo Fedón, dividió en sanas e insanas. La tradición sana correspondía a cualquier medio adivinatorio encauzado en unas reglas establecidas de observación e interpretación. Entre ellos destacaban la astrología, las tiradas de suerte y los augurios basados en el estudio del vuelo de los pájaros o en la inspección de los hígados de animales muertos. Por su parte, la tradición insana aludía a la visión mántica de adivinos y hechiceras inspirados, cuyos mensajes en éxtasis a menudo resultaban incomprensibles para la mayor parte de los mortales. Esta vertiente, que según ciertos indicios procedía del este, vinculaba directamente el mundo clásico con las tradiciones chamánicas anteriores.
Las prácticas tradicionales ejercieron una poderosa influencia sobre el desarrollo de las artes proféticas griegas. Apolo, cuyo culto al parecer fue difundido en Grecia por la comunidad guerrera de los dorios, era el dios directamente asociado con la adivinación. En tiempos clásicos se suponía que tanto los videntes y como las hechiceras estaban poseídos por el espíritu de Apolo. Pero la aparición de Apolo en el panteón griego fue tardía, y existen pruebas de que su figura se basaba en una tradición anterior que atribuía la clarividencia a Gea, la diosa de la tierra. Esos orígenes ctónicos quizá expliquen por qué en el mundo clásico la profecía a menudo aparecía asociada a cuevas y otros lugares subterráneos en los que las divinidades misteriosas de la tierra pudieran haber recibido culto.

Lugares oraculares

En Grecia la profecía de inspiración divina quedó formalizada en los oráculos, instituciones sagradas a las que los consultantes recurrían para que les dieran consejo respecto al futuro. Algunos oráculos eran muy antiguos; los más venerables eran, aparte de Delfos, el de Dodona, al norte y el de la isla de Délos, en el mar Egeo. El oráculo de Dodona se hallaba en un bosquecillo de robles consagrados a Zeus, y sus sacerdotes, que, según Hornero, tenían los pies sucios y dormían en el suelo, se inspiraban en el rumor de las hojas en las ramas para dar respuesta a las preguntas de los visitantes.
Posteriormente se recurrió a otros métodos; así, las sacerdotisas escuchaban atentamente los arrumacos de las palomas para inspirarse.
Existen indicios inequívocos de que en otros puntos oraculares el trance profético se inducía con narcóticos. En el oráculo de Branquidas, situado al sur de Mileto, en la actual Turquía, la profetisa ponía a cocer ciertas pociones e inhalaba sus vapores. La sacerdotisa de Colofón, en el oeste de Turquía, ingería una pócima sagrada que posiblemente estuviera sazonada con beleño o eléboro. También nos han llegado noticias de otras pociones más sanguinarias. En Argos, al noreste del Peloponeso, la sacerdotisa bebía la sangre de un cordero sacrificado, mientras que en Egeira, Acaya, tomaba sangre de toro, sustancia que por entonces se creía letal para los humanos.

Una experiencia cercana a la muerte en Lebadea

El oráculo del héroe Trofonio en Lebadea, 30 km al este de Delfos, fue uno de los más extraños del universo greco-latino. El viajero griego Pausanias describió una visita que hizo a ese lugar en el siglo II d.C. Antes de la consulta, se bañó en un río sagrado y cenó carne de unos carneros que habían sido sacrificados. Llegado el momento, le llevaron a beber de dos fuentes: el Agua de Lete para borrar el pasado y el Agua de la Memoria para preservar el futuro. A continuación le llevaron hasta un abismo de siete metros de profundidad en la orilla del rio, adonde tuvo que descender por una escalerilla. Una vez en el fondo, le ordenaron que metiera las piernas en la fisura de una roca, y cuando lo hizo fue zarandeado en la oscuridad, recibiendo un doloroso golpe en la cabeza que le dejó medio atontado. En ese momento oyó una voz que le revelaba el mensaje que habia ido a escuchar, y después se desmayó. Cuando volvió en si se encontraba de nuevo al aire libre, al fondo del abismo, donde le hicieron repetir las palabras del oráculo. Por fin, regresó a su alojamiento, y allí recuperó la normalidad.
hechizos
En los mitos griegos los profetas pocas veces terminaban bien. Al igual que Casandra, Laoconte dijo que si el caballo de madera de los griegos entraba en Troya se produciría una catástrofe. Los desvelos de Laoconte no recibieron una justa recompensa, ya que se le condenó a ser devorado por un monstruo marino junto a sus dos hijos, momento que refleja esta estatua esculpida en el siglo I a. C.

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