La profecía de Cazotte

Una tarde de principios de 1787 (aunque, según otras versiones, el hecho se produjo en 1788) un fastuoso grupo de personas asistió a una cena de sociedad en París. Había unos 6o invitados, entre los que se encontraban numerosos miembros de la aristocracia intelectual de la capital francesa, incluyendo al escritor Jacques Cazotte. A diferencia de la mayoría de invitados, Cazotte no era partidario del culto a la razón que se había difundido por toda Francia durante el siglo de las luces. Más bien se sentía atraído por el neoplatonismo cristiano, habiéndose labrado cierta reputación como adivino.
Tras la cena, la conversación giró en torno a la Edad de la Razón, cuya llegada era esperada por casi todos los intelectuales con expectación. Cazotte intervino en la conversación para asegurar que estaba a punto de producirse una revolución, pero que ésta se alejaría del triunfo del racionalismo que todos deseaban, añadiendo que la revolución traería terribles consecuencias para muchos de sus contertulios. Por ejemplo, auguró que meses después el autor Sebastián Roch Chamfort acabaría cortándose las venas, desesperado. Ghrétien de Malesherbes, un aristócrata contratado por el gobierno como supervisor de publicaciones, y el astrónomo Jean Sylvain Bailly estaban condenados a morir en el cadalso, así como el poeta Jean-Antoine Roucher. Cuando el dramaturgo y crítico Jean de la Harpe, que también se encontraba entre los presentes, quiso saber lo que el futuro le deparaba, Cazotte auguró un suceso que parecía casi tan improbable como los anteriores: Harpe, un célebre ateo, se convertiría al cristianismo.
La Duquesa de Gramont observó que quizá las damas presentes pudieran librarse de esas dramáticas situaciones, a lo que Cazotte respondió que ella no se salvaría, pero que tampoco sería la más grande del país, una clara referencia a la reina María Antonieta y a su consorte, Luis XVI. Guando le preguntaron sobre su propio destino, Cazotte recordó un relato del historiador judio Josefo cuyo protagonista era un hombre que había adivinado la caída de Jerusalén y que resultó muerto cuando el desastre sucedió.
Las extraordinarias palabras de Cazotte produjeron una impresión indeleble entre sus contertulios, pues al menos uno de ellos, concretamente Jean de la Harpe, apuntó todos los detalles del coloquio. Su recuento de los hechos acabó siendo publicado y, si hemos de darles crédito, esas profecías resultaron extraordinariamente acertadas. Prácticamente todos los acontecimientos que Cazotte había augurado en esa cena acabaron cumpliéndose a lo largo de los siete años siguientes, a medida que la Revolución, inicialmente celebrada con entusiasmo por los intelectuales, desembocó en el reinado de terror. Incluso los más nimios detalles resultaron ser correctos. El primer intento de Ghamfort de acabar con su vida cortándose las muñecas fracasó, pero el autor falleció a causa de un tratamiento médico inadecuado. Cazotte tomó parte en un complot para liberar al rey sin éxito, tras el cual se enfrentó a la guillotina con gran valentía. En cuanto al propio de Harpe, se convirtió al cristianismo mientras estaba en la cárcel y acabó sus días en un monasterio.
Parece bastante claro que, en general, las profecías de Cazotte sucedieron tal como De la Harpe describe. En años posteriores su narración fue confirmada por varios testigos directos de aquella famosa cena. También parece evidente que De la Harpe escribió lo sucedido poco después, antes de que los acontecimientos profetizados tuvieran lugar. Se ha hallado una carta fechada en enero de 1789 en la que el escritor habla de leer «la famosa profecía de M. Cazotte», lo cual implica que el texto circulaba privadamente, ya que no fue publicado hasta 1806. Portante, queda cierta duda, pues el relato podría haber sido modificado retrospectivamente. Aun así, las extraordinarias palabras de Cazotte produjeron un efecto inolvidable en todos los presentes durante la cena, y más aún a la luz de los hechos posteriores.
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Cazotte estaba totalmente en lo cierto al anunciar que la esperanza y la racionalidad desembocarían en el terror. La muerte también acecharía a las personas situadas en el rango más alto. Este grabado del siglo XIX muestra la ejecución de Luis XVI.

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