La maldición del templario

hechizos

Esta ilustración del manuscrito Crónica de Francia (s. XIV) muestra a Jacques de Molay junto a su segundo en el momento de ser quemados vivos en la hoguera.

La Orden de los Caballeros del Temple es una de las principales órdenes de caballería. Fue fundada en 1119 para cumplir una misión específica. La ciudad de Jerusalén había sido conquistada veinte años antes de esa fecha, concretamente durante la Primera Cruzada. Peregrinos de toda Europa se mostraron deseosos de visitar la ciudad sagrada y lo hicieron, aunque corriendo un notable riesgo, ya que los lugares sagrados eran bastiones cristianos en territorio hostil, y muchos peregrinos no sobrevivían a los escasos 50 km que separan Jerusalén del puerto de Jaffa. Un noble francés llamado Hugues de Payens propuso la fundación de los Caballeros Templarios, cuya finalidad consistía originalmente en proteger la ruta a Jerusalén con guardias armados. En 1128 la fundación de la orden fue aprobada por un concilio eclesiástico en Troyes.
Desde sus inicios, los templarios trataron de ser algo más que simples soldados. Aunque adquirireron celebridad como hombres de armas, los caballeros consideraban que su principal vocación era religiosa, y aspiraban al rango de monjes militares. Al igual que otros monjes, tomaban votos de pobreza, castidad y obediencia, y se organizaban en una estricta jerarquía, en este caso bajo el liderazgo de un gran maestre. Muchos de ellos procedían de familias nobles, pero tenían todo un séquito de soldados plebeyos y sirvientes que los ayudaban y atendían sus necesidades.
En la época de las cruzadas los templarios no sólo conquistaron diversos honores militares, además, se hicieron inmensamente ricos. En sus cofres entraban generosas donaciones que pretendían contribuir a esa noble lucha. La orden no tardó en responsabilizarse del dinero ajeno, asumiendo el rol de banqueros en una época en la que reinaban la inseguridad y el malestar social y protegiendo esos fondos en sus bien custodiadas fortalezas.
Inevitablemente, la creciente prosperidad de los templarios se granjeó muchas envidias, y el secreto en el que envolvían sus vidas alentó la maledicencia. Muchos empezaron a preguntarse qué extraños ritos podrían celebrarse tras las altas murallas de los castillos de la orden. Mientras los caballeros seguían tomando parte activa en la defensa de las Tierras Sagradas, esas críticas fueron silenciadas. Pero en 1291, fecha en que fue abandonado el último bastión de la cristiandad, los templarios perdieron gran parte de su prestigio junto con su propósito originario.
Por entonces los monarcas europeos, que estaban quedándose sin fondos para costear sus interminables guerras, empezaron a prestar crédito a ciertos rumores sobre los supuestos desmanes de la orden, según los cuales en las fortalezas de los templarios, donde sólo había hombres, tenían lugar orgías homosexuales. Incluso se sugería la existencia de ciertos rituales satánicos que habían llegado a Europa procedentes de tierras paganas.
En 1307 Felipe IV de Francia decidió clausurar la orden. Se hizo con su sede en París y decretó la detención de todos los caballeros templarios. Después influyó sobre el papa Clemente V, que era francés y se encontraba dominado por la autoridad real, para que le permitiera someter a juicio a los caballeros. Con la autoridad papal, Felipe torturó a los caballeros con los más brutales métodos. Sometidos al potro, a las empulgueras, a la cuña y a fuego lento, 36 de los detenidos murieron en medio de grandes dolores, mientras que otros muchos acabaron declarándose culpables de cualquier cargo que se les atribuyera, por más peregrinos que éstos resultaran, como reconocer que habían blasfemado orinando en la cruz, o que habían adorado al demonio en forma de gato negro besándole bajo la cola.
Provisto con estas morbosas confesiones, Felipe envió a la hoguera a 54 caballeros, y en 1813 disolvió la orden. Oficialmente, las posesiones que les quedaban fueron transferidas a una orden paralela, los Caballeros Hospitalarios, si bien en la práctica gran parte de la riqueza de los templarios acabó en las arcas reales.

El destino del gran maestre

Jacques de Molay, el último gran maestre de los Caballeros Templarios, tuvo un papel fundamental en la tragedia. Como muchos de sus hermanos, confesó bajo tortura y Felipe decidió hacer de él un espectáculo. En 1314 De Molay, junto con su segundo en la orden, fue conducido a la plaza situada ante la catedral de Notre Dame, en París. Se le habia pedido que reconociera públicamente su culpa antes de ser encarcelado a cadena perpetua. Pero De Molay se negó, y cuando compareció ante la muchedumbre se retractó de su anterior confesión forzada proclamando su inocencia.
Lleno de cólera, Felipe ordenó que ambos hombres fueran quemados vivos en el mismo lugar al día siguiente. Mientras las llamas iban creciendo, De Molay reafirmó su inocencia. Al parecer, a continuación echó una maldición a sus perseguidores, diciendo que tanto el rey Felipe como el papa Clemente morirían a lo largo de ese mismo año.
Esa profecía fue emitida por De Molay apresuradamente y no menos apresuradamente se cumplió. Clemente, que por entonces tenia cincuenta y tantos años, moría antes de un mes, y el rey Felipe, que tan sólo contaba con 46 años, le siguió en su camino a la tumba en el mes de noviembre. Se supone que Felipe murió de un ataque; sin embargo, en su momento muchos llegaron a la conclusión de que habia sido alcanzado por la ira de Dios, tal como habia anunciado el gran maestre al morir.

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