La cristalomancia

La adivinación del futuro mediante la contemplación de una superficie lisa o brillante es uno de los métodos adivinatorios más antiguos y mejor difundidos del mundo. Normalmente se utiliza una bola de cristal, pero también es posible mirar cristales o aguas inmóviles, entre otras cosas. La historia de la cristalomancia se remonta al menos hasta la Grecia clásica. Ya Pausanias, escritor y gran viajero, describió varias fuentes empleadas para eso. Una de ellas, en Tainaron, al sur del Peloponeso, supuestamente revelaba cuanto sucedía en el puerto de las inmediaciones hasta que una mujer la ensució lavando ropa en sus aguas. Además, el Génesis alude a este arte con la taza adivinatoria de José. Por otra parte, la tradición islámica refiere que en el siglo VIII el califa abasi Al-Mansur tenia un espejo que revelaba milagrosamente si los extranjeros eran amigos o enemigos.
Al parecer, en Mesoamérica la cristalomancia desempeñó un papel fundamental, tal como demuestra el hecho de que se asociara con Tezcatlipoca, dios cuyo nombre significa ‘espejo ahumado’. Las esculturas que lo representan llevan dos espejos de obsidiana, una oscura roca volcánica: uno en la nuca y el otro en lugar de un pie, extremidad que el dios perdió mientras luchaba con el monstruo de la tierra en la batalla de la creación.
Se sabe que los aztecas usaron este tipo de espejos para la adivinación, y también tazas de agua. Evidentemente, esas creencias se filtraron hacia el sur atravesando Panamá hasta llegar a Perú, tal como muestra una famosa leyenda inca que narra cómo el conquistador Pachacuti halló en un arroyo un trozo de cristal en el que aparecía la figura de Viracocha, el dios creador, quien le prometió poder.
Estos tempranos casos apuntan la existencia de muchas formas de cristalomancia, algunas más difundidas que otras. Hoy en día la mayoría de la gente asocia esa técnica con las bolas de cristal, pero no siempre ha sido así. Los espejos cuentan con una reputación similar (los cuentos de hadas ofrecen un ejemplo de ello en el «espejito, espejito mágico» de Blancanieves). Cabe añadir que los griegos no fueron los únicos que recurrieron a la superficie de ríos, lagos y arroyos para tratar de adivinar el futuro.
Además del cristal y del agua, también se pueden emplear otras sustancias. Quienes practican la litomancia utilizan piedras relucientes. Uno de los métodos más extraños es la onicomancia, hoy día probablemente extinguida. Consiste en estudiar las uñas de un niño después de untarlas con hollín y exponerlas al sol. En tiempos recientes, los adivinos afirman haber obtenido excelentes resultados con una amplia gama de objetos de lo más curioso, desde burbujas de jabón, pasando por el reverso de los relojes de pulsera, hasta pantallas de televisión apagadas.
Alo largo de los siglos la cristalomancia ha sido utilizada con diversos objetivos. Algunas personas sólo querían profetizar. Saint-Simón menciona en sus Memorias a una niña que contemplando un vaso de agua fue capaz de describir muchos acontecimientos históricos que posteriormente se produjeron. Pero desde los comienzos del método hubo gentes que recurrían al cristal persiguiendo fines de índole más personal. Según una antiquísima tradición norteamericana, si una joven soltera bajaba las escaleras hacia atrás por Halloween mirando un espejo, contemplaría el rostro de su futuro esposo.
Según otra tradición muy famosa la cristalomancia resultaba de especial utilidad para encontrar objetos perdidos o robados. En Inglaterra la primera referencia a esta práctica se remonta al año 1467, fecha en la que William Byg, natural de la comarca de Yorkshire, confesó que se ganaba la vida encontrando objetos perdidos con ayuda de una bola de cristal. Las autoridades eclesiásticas lo acusaron de herejía, y por ello fue sentenciado a caminar hasta la catedral de York con unos letreros que le tachaban de hereje.
El vidente isabelino
Pero este método adivinatorio también podía ponerse al servicio de propósitos más ambiciosos, con independencia de que éstos se consiguieran o no. Así lo demuestran los experimentos de John Dee, ocultista y erudito inglés del siglo XVI. Dee era un hombre de vastos conocimientos al que la reina Isabel I encargó la confección de su propia carta astral. De hecho, algunos autores sostienen que Shakespeare se inspiró en él para construir el personaje de Próspero en La tempestad.
Tras un prolongado estudio de la tradición mística judía, Dee concluyó que entre Dios y el hombre había unos seres angélicos y, hacia 1580, llegó a la conclusión de que era posible comunicarse con ellos a través de un cristal mágico. A lo largo de la década siguiente escribió todos sus experimentos en un diario que transcribe una de las aventuras psíquicas más extraordinarias de todos los tiempos.
Desgraciadamente, Dee no lograba invocar a los espíritus. «Sabes que no puedo ver ni contemplar nada por el cristal», escribió desalentado. Así que se vio obligado a delegar en sus ayudantes. De todos ellos, el más importante fue Edward Kelley, un tunante espabilado y aventurero al que, años antes de conocer a Dee, le habían cercenado las orejas por falsificar dinero. Kelley invocó a una muchedumbre de espíritus en un abrir y cerrar de ojos. Pero además recibió una nueva bola adivinatoria para Dee en circunstancias muy dramáticas. Un día de 158?, hacia el atardecer, Dee pudo ver tras una ventana de su laboratorio que daba al oeste un ángel-niño que llevaba en las manos «un objeto brillante, claro y glorioso, del tamaño de un huevo». El cristal resultó ser real. Dee afirmaría posteriormente que se trataba de un regalo de Uriel, el ángel de la luz.
adivinacion
Retrato de John Dee pintado en el siglo XVII. Tras experimentar con la astrologíayla alquimia durante largos años, este ocultista inglés se decidió por la cristalomancia a una edad relativamente tardía. Consideraba que la bola de cristal era un modo de conseguir niveles de conocimiento a los que no se podía acceder a través de las fuentes tradicionales.

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