Julio Verne y la imaginación tecnológica

Nacido en 1838, Julio Verne, uno de los autores franceses más populares del siglo XIX, escribía novelas al vertiginoso ritmo de dos al año. Sus obras le granjearon una gran fama, le hicieron ganar una inmensa fortuna y le permitieron costearse lujos como adquirir el yate más grande del mundo según el criterio de la época. Sin embargo, Verne llevó una vida muy recluida. El gran inventor de viajes fantásticos apenas viajó; primer artífice del viaje aéreo, sólo subió una vez en globo. Fue en la ciudad de Amiens, donde vivió durante los últimos 33 años de su vida hasta su muerte, sucedida en 1905.
De todos los medios de transporte, el preferido de Verne era la imaginación. Aunque él no era hombre de ciencia, las posibilidades que ofrecían los avances científicos de su época le fascinaban. El autor partía de la base de lo ya conocido y se proyectaba hacia el futuro, generando visiones de una sorprendente anticipación que inspiraron a los pioneros genuinos. Charles William Beebe, el explorador oceánico americano que alcanzó una profundidad de 923 metros en la batisfera en 1934, leyó ávidamente Veinte mil leguas de viaje submarino, novela escrita por Verne en 1870, y el almirante Richard Byrd, quien afirmó haber realizado el primer viaje aéreo por encima del Polo Norte en 1936, dijo: «Julio Verne me guió hasta aquí».

Predicciones de ficción

La lista de predicciones de Verne que se han hecho realidad es interminable; otras aún han de verse plasmadas. Desde su primera novela, Cinco semanas englobo, publicada en i863, Verne se sintió inspirado por el potencial del vuelo. En Robur el conquistador, publicada en 1886, aparecen unos artefactos más pesados que el aire. El protagonista no sólo logra construir uno, sino que además concibe otra máquina que puede viajar con igual facilidad por aire, tierra y mar. El Nautilus de Veinte mil leguas de viaje submarino es un submarino que atraviesa los mares. La ficción lo presenta décadas antes de que existiera una tecnología capaz de construir un medio de transporte semejante y un siglo antes de los primeros submarinos propulsados con energía nuclear.
Muchos de los artilugios concebidos por Verne presagian innovaciones más recientes. En una novélalos integrantes de un determinado ayuntamiento se comunican entre sí desde sus casas mediante un sistema que trae reminiscencias del télexy del correo electrónico. Verne anticipó los ascensores y las cintas móviles, y describió unos rascacielos con aire acondicionado de 3oo metros de altura en los que «la temperatura siempre era constante». Por otra parte, en ocasiones recurre a mecanismos arguméntales basados en la tecnología, como sucede en Los hermanos Kíp (1903), en donde se resuelve un caso de asesinato mediante una ampliación fotográfica muy similar a la que aparece 65 años después en Blow up, la famosa película de Michelangelo Antonioni sobre un cuento de Julio Cortázar.
Las predicciones más asombrosas de Verne son las que aparecen en su tercera novela, De la Tierra a la Luna (1865) y en su secuela Alrededor de la Luna. Muchos autores habían especulado sobre un viaje a la Luna antes de Verne, pero su versión se acercó a los detalles del vuelo del Apolo 11 de 1969 (consulte la página 130) más que la de sus predecesores. Algunas de las coincidencias resultan extraordinarias. El vuelo imaginado por Verne se inicia enTampa, Florida, a menos de 300 km de Cabo Kennedy, donde se produjo el despegue del Apolo. Tal como posteriormente sucede, en la novela de Verne se usan unos cohetes para introducir la nave en la órbita lunar y también para sacarla (casi cuatro décadas antes de que los hermanos Wright realizaran el primer vuelo propulsado), y en el viaje de regreso a la Tierra la nave cae al Pacífico. Pero lo más sorprendente de todo fue la estimación que hizo Verne de la duración del trayecto. Sus viajeros llegaron a la Luna en 97 horas y 18 minutos, y los astronautas del Apolo 11 tardaron 97 horas y 89 minutos.
Pero la imaginación de Verne estaba condicionada por las limitaciones técnicas de su tiempo. Su nave era un proyectil propulsado desde el cilindro por una pistola de 275 metros de longitud. Pero para nosotros aún resulta más extraño el hecho de que sus astronautas viajaran en esmoquin y se llevaran dos perros para que les hicieran compañía.
Hacia el final de su vida Verne se preocupó en mayor medida por el mal uso de la tecnología. En novelas como La isla de hélice (1895) y La impresionante aventura de la misión Barsac, publicada a título postumo, creó mundos totalitarios en los que la tecnología se usaba no para liberar a la gente sino para esclavizarla. Sus páginas contenían horrores como bombas de fragmentación, esclavos de control remoto e instrumentos eléctricos de tortura. Tristemente, Verne resultó ser tan profético en su pesimismo como lo había sido en sus sueños juveniles e idealistas de liberación a través de la tecnología.
profecias
Portada realizada por André Galiana para Veinte mil leguas de viaje submarino. Los submarinos que Verne describe en su novela eran más ecológicos que los que se construirían posteriormente en la vida real: usaban energía eléctrica y recargaban las pilas con agua de mar, lo que los convertía en un medio prácticamente autosuficiente.

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