Joseph Smith, el profeta del último día

Algunas profecías son universales, pero la extraordinaria historia de Joseph Smith, el fundador de la religión mormona, sólo podía suceder en un momento y lugar: Estados Unidos a principios del siglo XIX. A lo largo de toda su vida Smith tuvo que enfrentarse a una serie de acontecimientos desastrosos que, de haberse producido en zonas superpobladas como Europa o Asia, habrían supuesto el final de su carrera. Pero al vivir en la América de esa época pudo seguir adelante sin más. Nacido en 1805, Smith creció en el estado de Nueva York. Eran tiempos poco apacibles: la guerra de la Independencia estaba muy reciente en la memoria colectiva, y la joven nación que acababa de surgir trataba desesperadamente de encontrar su identidad: por ejemplo, la región donde nació Smith había sido invadida por el evangelismo.
En 1823, a los diecisiete años, Smith declaró que mientras rezaba en su habitación se le había aparecido el ángel Moroni. No sólo eso: el ángel le había dicho que él era el elegido para volver a edificarla iglesia de Dios en la tierra. Cuatro años después, en una colina cercana, ese mismo ángel le hizo entrega de unas tablas de oro con inscripciones en una lengua desconocida que, según él, era «egipcio reformado». También le dio dos piedras llamadas Urimy Tumim, que confirieron a Smith la capacidad de traducir ese idioma como por arte de magia.
Smith publicó en 1830 su Libro del mormón, obra en la que describía las penalidades de las tribus perdidas de Israel que, según él, habían emigrado a América en los siglos anteriores a Jesucristo. Smith recibió, en calidad de profeta de esta nueva revelación, los derechos del sacerdocio apostólico, que le conferían autoridad divina para fundar y dirigir una iglesia a través de la cual pudiera difundirse ese mensaje.
Smith era un orador persuasivo, y su causa, en apariencia descabellada, no tardó en atraer a multitud de seguidores. La fama del profeta se difundió rápidamente. Un año después del establecimiento de su primera iglesia en Fayette, Nueva York, había logrado también una base en Ohio, a la c[ue se trasladó poco después. Pero sus afirmaciones habían generado hostilidad desde el principio: ya en 1883 fue despojado de sus ropas, embadurnado de alquitrán y emplumado poruña muchedumbre iracunda.
Cinco años después la comunidad de Ohio atravesó dificultades económicas. La iglesia había contraído deudas al adquirir propiedades que ni siquiera las generosas contribuciones ofrecidas por los fieles podían sufragar. Para hacer frente al problema, Smith abrió un banco, que quebró, como otros muchos, en la crisis bancaria de 1887. El propio Smith fue juzgado y multado. Una vez más, decidió mudarse.
Por entonces había surgido en Missouri una nueva comunidad mormona que ya había sido perseguida por los gentiles, los vecinos de la localidad que no eran mormones y que temían ser absorbidos por los miembros de la secta. La llegada de Smith, junto con la de otros muchos creyentes, contribuyó a exacerbar esas tensiones, que en 1888 desembocaron en francas hostilidades. Ante la posibilidad de un nuevo derramamiento de sangre, Smith decidió emigrar de nuevo, en esta ocasión a Illinois, donde fundó la ciudad de Nauvo, en un tercer intento de establecer una Sión Americana.
La causa empezó a recibir simpatías, y los fieles finalmente recibieron una calurosa bienvenida en su nuevo hogar. Pero miles de personas irrumpieron en ese lugar con intención de establecerse, de modo que los viejos recelos y tensiones no tardaron en reavivarse. En 1844 Smith declaró su intención de presentarse candidato a la presidencia de Estados Unidos: fue la gota que colmó el vaso. El líder fue atacado por disidentes de la propia Nauvoo y la imprenta de su periódico fue destruida. Arrestado por orden del gobernador de Illinois, Smith fue retenido en la cárcel para ser interrogado junto a tres correligionarios, pero el edificio en el que se encontraban fue atacado por milicianos hostiles. Se produjo un gran revuelo durante el cual Joseph Smith, que iba armado, recibió un tiro y murió, así como su hermano Hyrum. Irónicamente, el hecho de que Smith fuera asesinado por un gentil contribuyó a largo plazo a consolidar la fe mormona. Smith se había convertido en mártir de su propia causa.
profecias
En 1847, Brigham Young, el sucesor de Joseph Smith como cabeza de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, condujo a sus seguidores a un nuevo hogar en Utah, donde finalmente la religión de Smith quedó enraizada. Salt Lake City, el asentamiento fundado por los pioneros mormones, es hoy día la capital mundial de la fe mormona. Este grabado del siglo XIX muestra los comienzos de la ciudad, a orillas del Gran Lago Salado.

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