Introducción a las profecías

En los primeros tiempos el término profecía significaba la palabra de Dios. Los profetas bíblicos eran denominados de ese modo por traer mensajes divinos, y no por adivinar el futuro. Lo mismo sucedía en la tradición islámica, donde Mahoma se convirtió en el Profeta no porque pronosticase el porvenir, sino porque Dios se manifestaba a través de él. Un fenómeno similar se produce en las culturas politeístas; en ellas los chamanes, a quienes se reconocía poseedores de una serie de poderes proféticos, obtenían su autoridad de su supuesta capacidad para hablar con la voz de los espíritus.
Sin embargo, ya en tiempos remotos el concepto del futuro empezó a adivinarse en el arsenal de los profetas. Con el paso de los siglos acabaría convirtiéndose en su elemento más importante, hasta el punto de que la propia palabra prof ético llegó a ser sinónimo de clarividente o pronosticador. Reflexionando sobre esta cuestión se puede llegar a la conclusión de que la razón de este desplazamiento semántico estriba en la naturaleza de la propia autoridad profética. El prestigio de los videntes se sostenía en su capacidad de acceder a fuentes de conocimiento que de otro modo permanecerían inaccesibles. Las preguntas que los consultantes se planteaban con más frecuencia estaban relacionadas con los acontecimientos que más probablemente sucederían en su comunidad. Cualquier persona capaz de predecir el futuro con un cierto grado de fiabilidad se encontraba en una situación privilegiada para ganarse la simpatía de su pueblo.
La relevancia de la profecía en el mundo contemporáneo se debe al dominio que ejerce sobre el futuro. En cierto sentido, todos somos profetas, ya que constantemente nos vemos obligados a hacer predicciones, sean deliberadas o no, sobre lo que los próximos días, meses y años pudieran depararnos. ¿Qué tienen en común un hombre de negocios que toma una decisión estratégica, un empleado que medita sobre una inversión o elige sus vacaciones y un jugador que apuesta por un caballo? En un momento u otro, todos ellos habrán experimentado en carnes propias la descorazonadora sensación de que sus vidas están en manos de una bestia ciega y temible llamada Futuro, capaz de desbaratar el plan más minucioso de un manotazo que sólo sería otra de las vueltas que da la vida. La clave del éxito o del fracaso estriba en saber lo que este Bahomet tiene destinado para nuestros proyectos a largo plazo. Ninguna otra forma de conocimiento es tan crucial ni tan difícil de obtener.
En esta parte de Hechizos.us tratamos de explorar la profecía en sus principales formas. Trataremos de los profetas que han creído ser portavoces de los dioses. Muestra que, en la época clásica, algunos de estos mensajeros divinos ya estaban sirviéndose de sus conocimientos para pronosticar cómo se desarrollaría el futuro. El oráculo de Delfos no era sino el más famoso de una larga lista de lugares sagrados griegos y romanos que la gente visitaba para saber algo más sobre su destino.
Sin embargo, en esa página aparece un subtexto imprevisto. Se trata de una rama de la tradición profética que no se ocupa del futuro, sino que indaga en el pasado. Esta modalidad a menudo se expresa en predicciones apocalípticas de desastres venideros. Semejante pesimismo suele corresponder a individuos que consideran que cualquier tiempo pasado fue mejor y se sienten amenazados por bruscos cambios culturales. En esas circunstancias, lo mejor que los profetas pueden ofrecer a menudo es la visión de una edad futura en la que todo volverá a ser como antes.
Las siguientes páginas abordan otras vias de exploración del futuro. Hemos de recordar que en su momento se creía que algunas de ellas estaban autorizadas por la divinidad. Destacan en este grupo los sueños y las premoniciones, fenómenos que pueden resultar ocasionalmente iluminadores, según la creencia de culturas de todo el mundo, y la adivinación, que aspira a alcanzar el don de la predicción dentro de los confines de un sistema estructurado. A continuación hemos realizado un estudio de una serie de videntes y clarividentes que, aunque afirmasen hablar en nombre de Dios, operaban fuera de la Iglesia o, como Nostradamus, se ocupaban ante todo de cuestiones seculares.
Luego cambiamos de perspectiva para ocuparnos de variantes modernas de las artes proféticas cuya finalidad consiste en anticipar lo que sucederá valiéndose solamente del ejercicio de la razón humana. La culminación lógica de esta tendencia es el interés surgido en nuestros días por la predicción científica, que afecta a casi todos los ámbitos de la vida en el mundo occidental. Pero la predicción racional tiene sus propios límites, ya que si bien proyecta adecuadamente las tendencias existentes hacia el futuro, se ha demostrado incapaz de anticipar los acontecimientos imprevistos que surgen a largo plazo. Pese a los esfuerzos de quienes intentan cuadricular las artes proféticas, lo inesperado sigue sucediendo.
Queremos demostrar que en la historia de la profecía se pueden observar ciertas constantes, que en tiempos de crisis se aviva el interés por este fenómeno y que en épocas de grandes cambios la fascinación es absoluta. La profecía es una necesidad psicológica de la humanidad, un recurso que permite a las personas enfrentarse a la terrible incertidumbre del futuro; en un caso extremo, la gente prefiere recurrir a un falso profeta que quedarse sin ninguno.
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Este grabado en color de L’Atmosphére: Météorologie Populaire, realizado por el astrónomo y escritor de ciencia-ficción francés Camille Flammarion, muestra un buscador de sabiduría esotérica que, envuelto en una túnica, repta a través de un firmamento de estrellas fijas, rompiendo así la concepción medieval del universo.

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