El sangriento camino hacia la paz celestial

China, al igual que el mundo occidental, tiene una tradición de revolucionarios milenarios que en tiempos de crisis prometieron crear un paraíso en la Tierra. Pero ninguno iguala el impacto de Hong Xiuquan, cuyo intento de crear el Reino Celestial de la Gran Paz (en chino, el Taiping Tianguo) devastó gran parte del centro de China a mediados del siglo XIX, dejando tras de sí aproximadamente veinte millones de muertos.
Hong nació en el seno de una familia humilde al sur del país, cerca del puerto de Cantón. Sus padres abrigaban esperanzas de que superaría los exámenes de entrada en el servicio civil, unas pruebas tremendamente competitivas que en aquellos tiempos constituían la única vía de acceso al éxito. Pero Hong suspendió varias veces. Al tercer fracaso sufrió una crisis mientras volvía a su aldea y estuvo delirando durante varios días. En ese estado de agotamiento tuvo unas visiones que iban a permanecer en su memoria durante años.
Hong se vio ante un hombre barbudo que llevaba una túnica negra con un dragón y un sombrero de ala alta. Le dijeron que era su padre. Ese hombre dijo en tono de queja que había dado vida a las gentes de la Tierra, pero unos demonios las habían apartado del camino correcto. Para reparar todo el mal, entregó a Hong una espada y un sello dorado. Hong se puso a expulsar a los demonios mientras su hermano mayor sostenía el sello en lo alto, cegando a los demonios con su luz. Tras vencer a su enemigo, Hong volvió a los cielos, donde fue recibido con todos los honores. Su padre le dio una serie de consejos morales y después le pidió que regresara a la Tierra para realizar una purga similar.
Con el tiempo, Hong recobró la salud y volvió a su aldea, donde ejerció como maestro de escuela. Seis años después cayó en sus manos un libro que cambió su vida: un tratado moral escrito por un misionero cristiano que se titulaba «Buenas palabras para exhortar en nuestros tiempos». Hong inmediatamente vio en la religión cristiana la explicación de su misteriosa visión. Así fue como reconoció a Dios en el padre que aparecía en sus visiones, y a Jesucristo en el hermano mayor que le había ayudado a vencer a los demonios, lo cual le convertía en el hijo menor de Dios. Le había sido confiada una misión sagrada: no sólo llevar el cristianismo a China, sino también destruir a los demonios que se habían apoderado del país.
Inspirado, Hong comenzó a difundir su fe. Los oyentes de su exaltado mensaje no podían estar más receptivos, ya que la dinastía Manchú, que en aquellos tiempos reinaba en China, era muy impopular. El país había retrocedido y se había empobrecido; peor aún, había sufrido una reciente derrota por parte de las tropas británicas en la primera guerra del opio (1889-184?). Además, los principales puertos y ciudades estaban llenos de extranjeros en lucrativas concesiones de negocios.

La rebelión taiping

Hong no tardó en atraer a numerosos seguidores, especialmente entre los más pobres, aunque también había estudiantes desafectos, granjeros y hombres de negocios asfixiados por los impuestos. En 1851 sus seguidores capturaron la ciudad de Yongan, en el sur del país. Desde esta base, Hong se declaró a sí mismo «Rey Celestial» y dio a conocer su intención de conquistar China y exterminar a todos los idólatras.
En 1858 las tropas de Hong capturaron Nanjing. Ya había 500.000 rebeldes de Taiping, y parecía que Hong iba a hacer realidad su ambición, sobre todo a partir de 1856, ya que la dinastía Manchú se vio involucrada en una segunda guerra del opio contra Gran Bretaña.
Pero Hong no se distinguía por su caridad cristiana: prohibió el alcohol, el tabaco y la prostitución, y castigó con la muerte la violación, el adulterio y el consumo de opio, y así se fue difundiendo una creciente antipatía por ese puritano Reino Celestial. Cada vez que surgía un contrincante que pudiera hacerle competencia y asumir el liderazgo del movimiento, Hong lo asesinaba. Una expedición al norte del país que debía tomar Pekín terminó en derrota. Paradójicamente, las fuerzas que en mayor medida contribuyeron a erradicar el Reino Celestial fueron las potencias occidentales cristianas, inquietas por la amenaza que suponían los rebeldes para sus concesiones comerciales. La suerte cambió de signo definitivamente gracias a un ejército en el que coexistían mercenarios europeos y tropas imperiales, bajo el mando del general Charles Gordon, un oficial británico de gran inteligencia. Finalmente, los rebeldes fueron conducidos de nuevo a su base de Nanjing.
Hong murió en 1864, y la ciudad sitiada sucumbió seis semanas después. Tras el colapso, la mayor parte de los rebeldes sobrevivientes fueron exterminados por un gobierno vengativo. El Reino Celestial de la Gran Paz tocó a su fin en medio de un baño de sangre.
profecias
Sujetos a una estricta disciplina, el variopinto ejército de Hong demostró un sorprendente poder.
Aquí vemos un detalle de un grabado chino que muestra a los rebeldes taiping atacando la ciudad de Nanjing, antigua capital de China. En 1853, una vez tomada la ciudad, las tropas de Hong asesinaron a toda la guarnición manchú junto a sus familias; en total, unas 35.000 personas.

Volver a Profecías