El profeta de la edad moderna

De todos los profetas tecnológicos de los albores del mundo moderno ninguno ha resistido el paso del tiempo como lo ha hecho H.G. Wells. Por supuesto, no lo vio todo, y se equivocó en algunos aspectos, pero el retrato de la vida moderna que realizó cien años atrás sigue siendo reconocible hoy dia, y algunos de los detalles que aparecen en sus obras resultan extrañamente proféticas.
Su éxito resulta más sorprendente si se considera su extracto social. Wells nació en el seno de una familia pobre en el año 1866. Alos catorce años le sacaron del colegio para trabajar como ayudante en una mercería. Gracias a su esfuerzo, ganó una beca para estudiar en la Normal School for Science de Londres, pero a los veintitantos años descubrió su verdadera vocación de novelista popular y periodista. En total escribió más de cien libros y numerosos articulos, adquiriendo una considerable fama ya envida. La combinación de curiosidad tecnológica estimulada por sus estudios científicos y preocupación sociológica fomentada por su vena periodística le permitió visualizar no sólo el posible desarrollo de la máquina del tiempo, sino además sus posibles efectos sociales.
El fruto de sus especulaciones apareció en 1901 en una obra denominada Anticipations (‘Anticipaciones’). Mientras en las carreteras aparecían los primeros coches, Wells trataba de imaginar cómo seria la futura era del motor. Visualizó empresas de compañías de transportes por carretera y autobuses de larga distancia y habló con entusiasmo de la libertad para viajar que podían suponer los vehículos individuales. Anticipó las autopistas e incluso los pasos elevados, observando que «en los puntos de confluencia de las carreteras, el tráfico no cruzará en un solo nivel, sino por puentes». También supo prever las posibles consecuencias sociales de los coches e intuir el auge de los viajes diarios a larga distancia entre la residencia y el lugar de trabajo. Afirmó: «No es muy arriesgado decir que el ciudadano londinense del año 2,000, cuando quiera elegir suburbio, podrá hacerlo entre cualquier lugar de casi toda Inglaterra y Gales al sur de Nottinghamy al este de Exeter». Wells predijo también que en el futuro los trabajadores de Nueva York podrían vivir en cualquier zona del interior entre Albany y Washington D.G.
Socialmente, Wells anticipó la expansión de la clase media y del sistema educativo para responder a la demanda de una población más culta y especializada. Imaginó las casas de los nuevos ciudadanos, en donde, a diferencia de lo que sucedía en vida del autor, no habría criados, y las tareas domésticas se verían reducidas gracias a la ciencia. Concibió además una especie de aire acondicionado: «… el aire entrará en la casa del futuro a través de unos tubos especiales colocados en las paredes, los cuales caldearán el ambiente y capturarán el polvo, y se pondrán en funcionamiento con un mecanismo simple». En 1900 aún había cocinas de leña, con sus correspondientes cocineros trabajando a destajo para preparar platos calientes «con rostro enrojecido y al descubierto, y brazos ennegrecidos». Pero también eso iba a cambiar, escribió Wells, porque «con una cocina de electricidad pequeña, limpia y provista de unos termómetros, con unas temperaturas totalmente controlables y mamparas de protección para el calor, cocinar fácilmente puede convertirse en un agradable entretenimiento».

El profeta pesimista

Sin embargo, no se puede decir que Wells fuera un optimista sin reservas respecto al futuro, ya que también anticipó con sorprendente claridad la dirección que tomarían las guerras. Visualizó el uso de unos «acorazados terrestres» (tanques) doce años antes de que fueran inventados y el desarrollo del riñe moderno: «… se puede concebir provisto en el futuro con mira telescópica de rosca cruzada, cuyo enfoque, corregido por cierto uso ingenioso del material higroscópico, puede incluso encontrar el blanco». En su novela La guerra en el aire (publicada en 1908, apenas cuatro años después del primer vuelo de los hermanos Wright) salía el bombardeo por saturación de ciudades como amenaza para la civilización. Aún más sorprendente, ya en 1914, antes de la división del átomo, Wells predijo la elaboración de bombas atómicas inventando un elemento radioactivo imaginario llamado «carolinum» que cumplía la función del uranio y el plutonio cuando fueron descubiertos.
A pesar de su avanzadísima visión y del tremendo éxito obtenido como novelista, a su muerte, acaecida en 1946, Wells se sentía desgraciado y muy frustrado. Durante toda su vida había propugnado soluciones a los problemas a los que se enfrentaba la humanidad. Entre ellas estaba el abandono del nacionalismo a favor de un Gobierno internacional (fue uno de los primeros defensores de la Liga de Naciones) y la necesidad de proveer a las gentes una educación a fin de evitar que sucumbieran ciegamente a la guerra. Escribió: «La vida humana se convierte cada vez más en una carrera entre la educación y la catástrofe». Sin embargo, en vez de la iluminación que había esperado, Wells vivió para ver cómo las naciones occidentales caían en la vorágine del fascismo, el nazismo y la terrible matanza en masa que supuso la Segunda Guerra Mundial. En uno de sus últimos libros, Mind at the End of its Tether (‘Mente al cabo de su soga’), escribió lúgubremente: «El final de todo lo que llamamos vida está próximo y no se puede escapar de él». En su desilusión final, el apóstol del progreso acabó haciéndose eco del desesperado grito de los antiguos profetas apocalípticos.
profecias
En esta ilustración de la obra de H. G. Wells La guerra de los mundos aparecen los marcianos atacando a un barco. Publicada en 1898, la obra visualizó el desarrollo y uso de los artefactos bélicos congasylos robots industriales, anticipando unas armas tipo láser. Su descripción de unas pistolas gigantes que lanzan naves espaciales podría haberse inspirado en De la Tierra a la Luna, de Julio Verne.

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