El libro de los cambios

hechizos

Se cree que los símbolos que los adivinos antiguos garabatearon en huesos oraculares, como el de la imagen, perteneciente a la dinastía Shang (entre 1500-1045 a. C.), desempeñaron un papel fundamental en el desarrollo de la escritura china.


El I Ching (‘Libro de los cambios’) es uno de los textos adivinatorios más antiguos del mundo, cuyos orígenes se adentran en territorio legendario. Está compuesto por trigramas, secuencias proféticas de tres lineas elegidas al azar. El legendario emperador FuXi las descubrió escritas en la concha de una tortuga. En realidad, Fu Xi fue un ser mítico, un héroe popular con cuerpo de serpiente que, según se dice, enseñó a cocinar y a pescar al pueblo chino. Su nombre significa, sencillamente, ‘de antigüedad inmemorial’.
Llegado este punto es imprescindible hacer alusión a otra figura heroica que se encuentra a caballo entre la leyenda y la historia y que supuestamente desempeñó un papel fundamental en el desarrollo del I Ching. Se trata de Wen Wang, un personaje destacado en el reinado de Ghou Hsin, el último monarca de la dinastía Shang (aproximadamente entre los años 1500 y 1045 a.C.), aún recordado en China como paradigma de gobernante cruel. Ghou no sólo encarceló a Wen por sospecha de traición, sino que además ordenó que a éste se le sirvieran los restos de uno de sus hijos en caldo. La historia narra que durante su condena Wen combinó los ocho trigramas del I Ching hasta formar los 64 hexagramas que constituyen la base del oráculo. A su debido tiempo el principe Wu, otro de los hijos de Wen, derrocó a Ghou Hsin y fundó una nueva dinastía, los Ghou occidentales, que ocuparon el poder entre 1045 y 771 a.C. aproximadamente. Posteriormente, Wu agregó a la obra de su padre 884 comentarios suyos que se convirtieron en parte constituyente del Libro.
Hasta ahí llega la leyenda. De hecho, la arqueología ha encontrado evidencias sobre los orígenes reales del I Ching en forma de más de 100.000 «huesos oraculares» que demuestran que China cuenta con una remota tradición adivinatoria, desde el Neolítico (del 7000 al 1500 a.C.). El método preferido por los primeros adivinos consistía en calentar huesos de animales (en especial omóplatos) o conchas de tortuga al fuego, y predecir el futuro según la forma de fisuras que aparecieran en ellos al azar. Ese sistema, conocido como escapulomancia, podría proceder de ciertos rituales de sacrificio en los que los sacerdotes estudiaban minuciosamente los huesos de las víctimas, tratando de hallar signos de que éstas fueran aceptables para los dioses. Con el tiempo los adivinos acabaron adoptando la costumbre de apuntar lo que veían. Esas anotaciones han ofrecido a la posteridad un registro de los conocimientos de los adivinos y del desarrollo de sus sesiones perteneciente a épocas remotas, ya que la mayor parte de los huesos que poseemos datan de entre 1400 y 1100 a.C., la Edad de Bronce, época en la que al oeste de China, concretamente en Grecia, los reyes micénicos empezaban a implicarse en las luchas de poder que culminaron con el asedio de Troya.
Los huesos oraculares muestran que muchas de las consultas eran de índole religiosa, y que trataban de averiguar cuál era el mejor momento para realizar los sacrificios. Otras, en cambio, solicitaban información sobre si llovería o haría viento, y sobre la siguiente cosecha. Otras muchas planteaban preguntas que afectaban al rey o a otros miembros de la monarquía reinante. Algunas eran predicciones globales de hechos futuros, y otras se referían a cuestiones especificas sobre expediciones de caza, incursiones militares o propuestas de nuevos asentamientos.

La consulta del I Ching

Obviamente, la escapulomancia practicada en la China antigua resultaba algo cara, y su clientela estaba compuesta de reyes y aristócratas. Es posible que en un principio el I Ching, que evidentemente fue formulado durante la primera mitad del primer milenio a.C., adquiriera popularidad porque ponía la adivinación al alcance de aquellas clases sociales que no podían permitirse la adquisición de un animal para sacrificarlo. El método tradicional de consulta del I Ching solamente requería un puñado de tallos de milenrama. Claro que también era preciso tener un exhaustivo conocimiento del sistema de hexagramas.

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