El apóstol de la tercera era

Es difícil exagerar la importancia de Joaquín de Fiore, y sin embargo, pocas personas conocen su nombre hoy en día. Para el profesor Norman Cohn, autor de En busca del milenio, con su predicción del triunfo del proletariado Joaquín desarrolló «el sistema profético más influyente conocido en Europa hasta la llegada del marxismo», pero poco tenía en común este monje cisterciense del sur de Italia con Marx. Joaquín nació hacia 1135. Durante catorce años fue abad de un monasterio. Transcurrido ese periodo, inició un retiro voluntario dedicado a la vida contemplativa que se prolongaría hasta su muerte, en 1202. En vida alcanzó una gran fama como intérprete de la Biblia y profeta histórico, hasta el punto de que fue consultado por varios papas. El rey inglés Ricardo I Corazón de León, de camino a las Cruzadas, dispuso que Joaquín se trasladara a Sicilia para poder entrevistarse con él.
Sus profecías no entran dentro del género visionario, sino que proceden de un intenso estudio de la Biblia. Al igual que muchos de sus contemporáneos, Joaquín se sentía fascinado por la numerología, y creía que en la Biblia los números sagrados poseían una significación profunda. Así sucedía, entre otros, con la Santísima Trinidad, los siete sellos del Apocalipsis y los doce apóstoles. A juzgar por sus escritos, a lo largo de muchos años de investigación tuvo al menos dos instantes de iluminación, en los que llegó a comprender ciertos aspectos ocultos.

La visión de Joaquín de Fiore

Joaquín desarrolló una nueva perspectiva de la historia humana. Tradicionalmente, la Iglesia apenas se había pronunciado acerca del periodo existente entre la Primera Llegada de Jesucristo y la Segunda, al menos tras desvanecerse las primeras esperanzas referentes a un Apocalipsis cercano. Se consideraba que ese intervalo era un periodo de espera, y casi todos los clérigos lo veían como una época de pruebas que había que pasar. Pero Joaquín analizó detalladamente los dos testamentos y llegó a la conclusión de que la Biblia ocultaba una historia de progreso espiritual. Consideró la Edad del Padre, en el Antiguo Testamento, como una época gobernada por las leyes y marcada por la obediencia, la jerarquía, el miedo y la servidumbre. Ala larga, esa fase era sustituida por la Edad del Hijo, en el Nuevo Testamento, un ciclo de gracia, fe y sumisión filial. La revolucionaria novedad que sugirió Joaquín fue pensar que a su vez la Edad del Hijo sería sustituida por una inminente Tercera Edad, la Era del Espíritu Santo, en la que se conocería un auge de las comunidades, florecerían el amor, la libertad y la contemplación y el gozo reinaría por doquier.
Joaquín tenía alma de poeta y de místico, con descripciones muy líricas de los tiempos venideros. En sus propias palabras, si el Antiguo Testamento era como la luz de las estrellas y el Nuevo como un amanecer, la Nueva Era se asemejaría a la luz del día o, usando otra metáfora, sería como el verano que sigue al invierno y a la primavera de las eras anteriores. Dada su condición de monje, consideraba que las órdenes monásticas tenían la misión de velar por la llegada de la nueva era. Joaquín creía que, al igual que en el Antiguo Testamento había doce patriarcas y en el Nuevo doce apóstoles, la Tercera Era estaría marcada por doce figuras del mundo monástico, entre las cuales surgiría un maestro supremo o «nuevo líder» para ayudar a los pueblos a realizar la transición del mundo de la materia al del espíritu. En la Tercera Era se completarían los designios divinos para los hombres: los paganos se convertirían, Dios se revelaría directamente a todos los corazones y por fin el mundo entero se uniría en la paz y la contemplación extática del misterio divino.
Un análisis más profundo convenció a Joaquín de que la era prometida iba a materializarse en breve: tanto el movimiento monástico como la preparación para esa nueva era habían sido iniciados en el siglo Vi, gracias a la obra de san Benito, el pionero de la vida religiosa comunitaria. Estableciendo un paralelismo con las cuarenta y dos generaciones que según el Evangelio de san Mateo separaban a Jesús de Abraham, Joaquín creía que la Era del Espíritu Santo llegaría una vez transcurrido un periodo de tiempo similar; según sus cálculos, entre los años 1300 y 1360. También auguró que previamente se produciría un periodo de dificultades, marcado por la aparición de dos nuevas órdenes monásticas, que una de ellas sería de carácter contemplativo, y que la otra se dedicaría a difundir su mensaje religioso.
hechizos
La visión de Joaquín de Fiore de las órdenes monásticas era de importancia capital para la nueva Tercera Era. El monasterio de San Antimo, en la Toscana, es uno de los muchos monasterios europeos que se mantienen en activo.

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