El advenimiento del Mesías

La profecía bíblica más conocida es la que anuncia la llegada del Mesías. La palabra, que en hebreo significa rey ungido, denota a alguien que tiene una misión especial del Señor. De becho, en el Antiguo Testamento el término es aplicado a varios patriarcas y profetas, e incluso a Ciro, el rey persa que liberó a los judíos de su sometimiento al pueblo babilónico.
A medida que transcurría el tiempo y la situación política en Israel empeoraba, el término fue adquiriendo una acepción más específica. El Mesías sería un futuro rey, nacido de la estirpe de David, que Dios enviaba para liberar a Israel de su sometimiento y guiarlo a una nueva edad dorada.
En el Antiguo Testamento el Mesías no suele asociarse con los Últimos Días, la época de juicios que desemboca en el fin del mundo. Pero durante los dos últimos siglos antes de Cristo la creencia cobró un cariz marcadamente escatológico (derivada del griego eskhatos, que significa ‘último’, la palabra escatológico alude a las creencias relacionadas con el fin de los tiempos). Su auge al parecer se explica por el traumático golpe que sufrieron los judíos devotos a lo largo del reinado de Antíoco IV Epífanes. Para facilitar la helenización, Antíoco, monarca perteneciente a la dinastía griega de los Seleucidas, prohibió todas las prácticas religiosas judías, lo cual desencadenó la revuelta de los macabeos a mediados del siglo II a.G. Ante la supresión de todo aquello en lo que creían, los fieles generaron una serie de sueños retributivos en los que aparecía un salvador-guerrero que no sólo aplastaría a sus enemigos, sino que además iniciaría el proceso por el que los justos acabarían heredando la Tierra.
El Libro de Daniel, que, según se cree, fue escrito en los tiempos de la revuelta, constituye la expresión más completa de esta nueva visión. El profeta vio en sueños cuatro bestias simbólicas que representaban las potencias extranjeras que habían gobernado Israel. Entre ellas se encontraban los babilónicos y los persas. En la visión de Daniel, la cuarta potencia, la dinastía Seleucida, era derrocada por un emisario divino, el Hijo del hombre, que venía en calidad de representante del Señor para establecer un reino terrenal formado por gentes de todas clases procedentes de todos los países. Finalmente, los macabeos lograron restablecer la
libertad religiosa para los judíos y conceder el trono a una dinastía nativa, pero el Hijo del hombre no apareció. El gran sueño mesiánico tendría que posponerse para generaciones posteriores.
El nacimiento del prometido
Con la anexión de Palestina al Imperio romano, en el año 63 a.C., resurgiéronlas esperanzas de una intervención divina. Los judíos se encontraban otra vez frustrados bajo el dominio de caciques extranjeros; de nuevo resultaba difícil creer la promesa divina de que ellos habían sido los elegidos entre todas las gentes. Jesucristo nació en una atmósfera de deseo nacionalista reprimido. Sus seguidores, los apóstoles, no tardaron en decidir que Jesús debía de ser el Mesías prometido, y le otorgaron el titulo de Cristo, que significa ‘el ungido’ en griego. Los teólogos se siguen cuestionando hasta qué punto el propio Jesús alentó esa especulación, aunque Mateo (16) parece manifestarse de manera tajante sobre ese aspecto, ya que en ese párrafo Jesús afirma específicamente que él es el Hijo del hombre al que alude la profecía de Daniel. Más aún, les dice a los apóstoles que «hay algunos entre los presentes que no experimentarán la muerte antes de haber visto al Hijo del hombre venir a su reino».
Las palabras de Jesús parecían prometer que el «fin de los tiempos» estaba cercano, y como era de esperar, los primeros cristianos interpretaron el mensaje en ese sentido. Así lo hicieron también sus enemigos: el principal cargo imputado a Jesús después de su arresto por el sumo sacerdote judío Caifas era que aquél afirmaba ser Cristo, o el Mesías. Poncio Pilato, el gobernador romano de Judea que sentenció a muerte a Jesús, le preguntó si era realmente el rey prometido a los judíos.
Jesús murió aproximadamente en el año 3o d.C. Durante mucho tiempo algunos creyentes estuvieron convencidos de que pronto se produciría la Segunda Llegada del Salvador, la cual erradicaría la opresión y la injusticia. Al ver que eso no sucedía, los cristianos empezaron a interpretar las palabras de Jesús en un sentido espiritual, considerando que la primera parte de su misión consistía en extender la Iglesia por el mundo, mientras que el glorioso retorno de su Mesías se posponía aun momento indeterminado.
Pero los judíos, que nunca habían aceptado las afirmaciones cristianas, siguieron esperando la llegada de su propio mesías. Las expectativas de su llegada contribuyeron a exacerbar una desastrosa revuelta entre los años 66 y 70 d.C. que condujo a la destrucción del templo de Jerusalén. Esas expectativas también estimularon la última revuelta contra la tiranía romana, liderada por Simeón Bar Kokhba, entre los años 183 y 185 d.C. Bar Kokhba era un implacable líder de la guerrilla. En su época se llegó a creer que él era el Mesías prometido. Pero esa rebelión fue brutalmente sofocada. El propio Bar Kokhba fue asesinado, y una serie de represivas medidas romanas aceleraron la diáspora judía de Palestina. El sueño mesiánico no se había perdido, pero durante muchos siglos se vio obligado a exiliarse por diversas partes del mundo.
hechizos
La Resurrección de Cristo, uno de los tres paneles que forman el altar de Isenheim, pintado por Mathias Grünewald entre 1512 y 1516, aproximadamente. Cristo el Mesías asciende hacia el cielo con sus manos elevadas en una bendición. Al fondo aparece el sol rodeado por un halo.

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