Abundancia de métodos

A lo largo de los siglos el ingenio humano ha producido un sinfín de métodos para predecir el futuro. La mayoría de ellos se basa únicamente en una azarosa serie de acontecimientos inconexos. No es difícil enumerar unas cuantas docenas de métodos, pero si se reflexiona detenidamente la lista puede extenderse hasta llegar a una centena… o más.
Algunos de estos métodos siguen siendo familiares en nuestros días. Por ejemplo, se sabe que la quiromancia era practicada en China y en la India hace varios milenios. Este arte goza de gran popularidad en nuestros tiempos, en parte gracias al resurgimiento que experimentó hace unos cien años debido a las actividades de un vidente de sociedad conocido como Cheiro (aunque su verdadero nombre era William Warner), procedente de la región irlandesa de Wicklow. La oniromancia, el arte practicado en el Antiguo Testamento por José, también florece en la época actual, a juzgar por la cantidad de libros sobre sueños que se pueden encontrar en cualquier librería. Casi todo el mundo ha oído hablar de la aleuromancia, consistente en poner mensajes profetices dentro de un pastel.
Este método ha llegado hasta nuestros días, si bien ligeramente modificado, en las galletas de la suerte.
Pero otros elementos de la lista pueden parecer descabellados. Por ejemplo, la cefalomancia, o costumbre de hervir cerebros de burros y predecir el destino a partir de las burbujas que salieran. ¿Quién podría hacer algo así? Tanto la geloscopia, que es la adivinación por medio de la risa, como la giromancia, que busca presagios en los inestables movimientos de los bailes circulares, han desaparecido hace mucho tiempo. Los autores teatrales y los escritores de guiones siguen utilizando una modalidad de la cledomancia de Mermes, que consiste entaparse los oídos y tomar como respuesta la primera palabra que se oiga al descubrirlos, si bien no ponen sus hallazgos al servicio de la profecía, sino de la literatura. También ha caído en desuso la frenología, método que se ocupa de identificar las capacidades y el carácter de los individuos mediante el análisis del contorno de su cráneo.

El péndulo y las hojas de té

La cleidomancia es una técnica antiquísima. Tal como su nombre pudiera sugerir (¡cleis significa llave’ en griego), originariamente este método requería una llave colgando de un cabo de cuerda, pero hoy día la llave puede sustituirse por varios tipos de péndulo, con un cristal de cuarzo colgando de un cordel. Sea cual sea el objeto empleado, el péndulo ha de usarse a modo de tablero ouija accionado con una sola mano. Hay que sostener el cordel por uno de sus cabos, de modo que permanezca inmóvil. Llegado ese punto, a menudo da la sensación de que el péndulo cobra vida propia. Las preguntas formuladas se responden en función del movimiento del péndulo. También puede emplearse a modo de varita de zahori para encontrar agua o localizar yacimientos de metales. El péndulo también se puede usar para responder «sí» o «no» a preguntas simples. Si el cordel gira en el sentido de las agujas del reloj la respuesta es afirmativa; en caso contrario, se trata de una negación. Por supuesto, el más leve temblor de la mano puede mover el péndulo, de modo que el adivino ha de estar en guardia contra el peligro de determinar inconscientemente la respuesta a la pregunta del consultante.
En cuanto a las demás técnicas tradicionales, la lectura de los posos de té es un arte que ha perdurado a lo largo de los siglos y además resulta muy fácil de poner en práctica. Durante mucho tiempo se asoció con las artes adivinatorias gitanas, y hoy en día se utiliza porque es muy entretenida, aunque pocos la toman muy en serio.
Para practicarla no se necesita más que una taza de té vacía casi del todo. Para salir de un aprieto se puede usar café en lugar de té, en cuyo caso un experto recomienda emplear una mezcla de textura regular y fina para lograr figuras nítidas. Hay que hacer girar la taza vigorosamente para que se distribuyan bien las hojas y después ponerla boca abajo en el plato para escurrir el líquido restante. Después se examinan las hojas de té que queden en la taza, tratando de percibir las formas y figuras formadas mediante la asociación
libre. No existen muchas reglas; sólo hay que tener en cuenta que cuanto más cerca se encuentre la figura del borde de la taza, más próxima se halla en el tiempo. Por ejemplo, un borrón con forma de barco en el fondo de la taza denota una travesía marítima a largo plazo.
hechizos
En Norteamérica, la familia Fowler explotó el auge de la frenología en el siglo XIX y estableció un próspero negocio dedicado a ofrecer exploraciones craneales y a vender bustos y gráficos similares al de la ilustración, que muestra las actividades asociadas con las distintas áreas del cerebro.

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