Pancho Sierra

La única medicina que suministraba Pancho Sierra era un vaso de agua

manosantasPara algunos, Pancho Sierra era un manosanta, para otros un curandero o un simple embaucador. Si tenía poderes o actuaba en nombre de la sugestión, nadie puede saberlo, pero, sin dudas, Pancho Sierra fue merecedor del sitio que ocupa en la memoria de sus seguidores.
Estaba Pancho Sierra sentado en el corredor de su casa, tomando mate, cuando un coche tirado por caballos se detuvo en la puerta. El, sin moverse de ese lugar, le habló al hombre que estaba en el vehículo, distante unos treinta o cuarenta metros, de esta manera:
-Baje amigo, a lo que le contestaron quienes lo sostenían
-Señor, no es posible que lo haga pues se trata de un tullido de las piernas que hace mucho no puede valerse de ellas. Pancho Sierra replicó:
-¿A qué lo han traído, pues?
-A que usted lo cure, agregaron.
-Bueno, entonces, si quiere que yo lo cure que obedezca el enfermo. Enseguida volvió a gritar: Paisano, bájese y venga corriendo.
-No puedo, señor.
-Sí, puede. Haga la prueba y verá.
El enfermo empezó a hacer fuerza para obedecer la orden y, poco a poco, se vio al hombre mover los pies y al rato ya pudo bajar del coche sin ayuda para dirigirse después, caminando, hasta donde estaba Pancho Sierra. Este relato de una de las milagrosas curaciones de Pancho Sierra, pertenece al periodista Cosme Mariño, editorialista de “La Prensa” de Buenos Aires y testigo del hecho narrado.
Pancho Sierra nació en Salto, provincia de Buenos Aires, en el año 1831, era hijo de don Francisco Sierra y de Doña Raimunda Ulloa. Pertenecía a una familia de estancieros, por lo que fue educado en el colegio Rufino Sánchez, en la Capital; inclusive hay quienes dicen que estudió algunos años de Medicina, pero ésta es sólo una versión.
Lo concreto es que, al cabo de su paso por los claustros escolares, regresó a la estancia de su familia: “El Porvenir”, ubicada entre Rojas y Pergamino, en territorio bonaerense.
Aparentemente, el final de una apasionada relación amorosa lo marcó profundamente, llevándolo a realizar un retiro contemplativo con prolongados ayunos. Como fruto de esta experiencia comenzó, según algunos folletos de la época, a hablar con los espíritus y, a veces, incluso a verlos.
Sus contemporáneos comenzaron a mirarlo extrañados y, más todavía, cuando desdeñando riquezas y comodidades gastaba su dinero repartiéndolo entre los necesitados.
A la sombra de estos acontecimientos fue creciendo el mito: todo lo que Pancho hacía era muy poco común.
Cuando murieron sus padres y le tocaba recibir su herencia, él eligió quedarse solamente con “El Porvenir” y algunos animales jóvenes, el resto se lo entregó a sus hermanos.
A partir de eso, su estancia se llenó de puestos, en los que sin cobrarles nada, alojaba a los pobres. Su fama se expandió rápidamente entre los hombres de a caballo. Pronto se ganó el respeto y la devoción de los gauchos que, acostumbrados a recorrer libremente los campos y a no tener que rendir cuentas a nadie, empezaban a verse despojados y cercados por los dueños de las tierras que -después de haberlas comprado por unos pocos pesos- las alambraban, impidiendo el paso de forasteros y de ganado ajeno. Pancho Sierra, en cambio, era el arquetipo del paisano de antes, que consolaba y amparaba a los suyos.
De acuerdo con el relato de la curación que presenció Cosme Mariño, se podría decir que Pancho curaba por medio de recursos naturales, a los que aportaba su arte para vencer el escepticismo de los pacientes. Como podemos ver, estos dones poco tenían que ver con las cualidades mediúmnicas que le atribuyeron las asociaciones espiritistas. Según esas instituciones, Pancho hacía su tarea milagrosa durante un trance, en el que era poseído por algún espíritu benefactor. Sin embargo, hoy, pocos se sorprenderían de sus curaciones basadas en la imposición de manos, el uso de agua magnetizada, la hipnosis y la sugestión.
Desde todos los puntos cardinales llegaban los carruajes, hasta 20 por día, repletos de gente que iba “a tomar un vaso de agua o a llenar una botella de ese líquido saludable”, la única medicina que Pancho acostumbraba suministrar y con la que produjo sus curas portentosas. El resero del infinito , el médico del agua fría, el gaucho santo, como lo llamaban sus adeptos, no sólo atendía a los pobres, sino que -además- curó a acaudalados estancieros, como los aristocráticos Ortiz Basualdo y Roberto Cano.
Hacia 1872 Pancho Sierra inició la etapa de su vida dedicada “a servir constantemente a cuantos me necesitan”, según sus propias palabras. Durante los casi, veinte años que transcurrieron hasta su muerte, acaecida el 4 de diciembre de 1891, se dedicó de lleno a cobijar a campesinos pobres en su estancia, a repartir entre ellos el dinero de su acaudalada familia y a curar enfermedades. Sus restos descansan en el cementerio de Salto, donde todavía hoy, sus agradecidos beneficiarios le rinden tributo.

 

Hechizos y brujerías

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