La piromancia o la adivinación a través del fuego

En palabras del filósofo y psicoanalista Gastón Bachelard: «El fuego dentro del hogar fue sin duda el primer sujeto de ilusiones, el símbolo del reposo, la invitación al descanso. Ya no se puede concebir una filosofía del descanso sin soñar ante las velas que se consumen. También, en nuestra opinión, dejar de soñar ante el fuego es perder el primer uso verdaderamente humano de este elemento. Sin duda calienta y reconforta. Pero no tenemos conciencia de dicho confort hasta que no realizamos una contemplación lo suficientemente larga; no sentimos el bienestar que nos proporciona el fuego si no ponemos nuestros codos sobre las rodillas y la cabeza entre nuestras manos. Esta actitud viene de lejos. Un niño cerca del fuego en seguida la adopta. No es para nada la actitud del Pensador. Determina una atención muy particular, que no tiene nada que ver con la atención del acecho o de la observación. Raramente se utiliza en otro tipo de contemplación».

El poder y la magia del fuego

El fuego está en todas partes, en nosotros y a nuestro alrededor, invisible y visible. El fuego es creador y destructor, regenerador y purificador. El fuego viene del cielo: rayos de, sol que calientan la Tierra, pero que pueden incendiar los bosques; relámpagos que cruzan el cielo, el rayo que cae de arriba. Tal vez hubo meteoritos encendidos que los hombres de la Antigüedad vieron caer del Cielo a la Tierra y que confundieron con bolas de fuego.
Pero el fuego también sale de las entrañas de la Tierra por los cráteres de los volcanes. También lo vemos en el hombre que arde de fiebre. Coincidimos en afirmar que el dominio del fuego fue una etapa fundamental en la evolución del hombre, incluso tan importante como la etapa que lo vio pasar de la posición horizontal a la vertical.
Tanto en un caso como en otro, su visión del mundo y el papel que podía y debía jugar han cambiado. Se cree que fue en el período llamado pleistoceno -es decir, hace más o menos 500.000 años- cuando el Homo erectus lo dominó, sin duda alguna por razones utilitarias. Tal vez entonces utilizaba simplemente el fuego natural, consecuencia de un incendio o de un fuego de malezas, que mantenía soplando unas brasas. Los paleontólogos creen que el primer uso del fuego fue de orden culinario. Es bastante posible. Pero, en el hombre, el carácter utilitario y el carácter mágico, sobrenatural o divino de los elementos no eran incompatibles.
Parece incluso que siempre consideró que este poder que podía ejercer para hacer la vida más sencilla y más agradable —todavía no hablamos de confort- procedía de un milagro, de un don extraordinario que, de una u otra forma, le había sido otorgado por los dioses. El pragmatismo y lo sobrenatural siempre fueron de la mano para nuestros antepasados, por más lejanos que estén lo uno de lo otro. Y debemos admitir que el fuego en sí mismo es un elemento absolutamente fascinante, tonificante y sosegador, pero, al mismo tiempo, aterrador por los destrozos que puede causar.
Cualesquiera que sean los instrumentos de que disponemos, y actualmente son tecnológicamente muy sofisticados, no podemos hacer nada contra los elementos como el fuego y el agua cuando se desatan.
Lo sabemos muy bien. Por tanto, siguen produciendo los mismos oscuros terrores en nosotros, que intentamos conjurarlos en vano.

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