La aeromancia y la hidromancia 1

Por otro lado, sabemos que cuando un viento cambia de dirección, el tiempo a menudo también cambia. Lo mismo habían observado nuestros antepasados. Pero además del cambio de temperatura o de presión atmosférica que puede engendrar este fenómeno, también le daban un significado adivinatorio. Además, según ellos, un viento extremadamente caliente o frío también podía estar cargado de significado. Los vientos del norte, especialmente,
casi siempre tenían mala reputación. Se daba la creencia de que eran enviados por demonios o divinidades inquietantes o crueles. Asimismo, era conocida la capacidad que tenían las divinidades del viento para recorrer distancias muy largas o empujar a los viajeros hacia lejanas costas. De ahí que, en uno de los episodios de Ulises, después de la estancia del héroe de la Odisea en Eolia, reino de Eolo, el guardián de los Vientos entregó al esposo de Penélope un odre que contenía todos los vientos de la Tierra, a excepción de uno solo: el único que podía devolverle a casa, a Itaca. En la adivinación a través del aire se distinguen 4 «mancias»:
1. La austromancia: proviene del latín auster, que significa simplemente viento del sur, pero tal vez también venga del griego austeros, que ha dado el adjetivo «austero» -pero que, originalmente, significaba «seco», «áspero» y «amargo»-.
Esta adivinación se basa en el estudio de los vientos, principalmente los del sur, puesto que nació en las regiones desérticas o semidesérticas.
2. La ceraunomancia: es un arte adivinatoria que se basa en la observación del rayo, el relámpago y el trueno.
3. La caomancia: se basa en los fenómenos celestes, como por ejemplo, el arco iris, los movimientos y las formas de las nubes, una observación de los principios físicos sobre los que se basa la actual teoría del Caos.
4. La meteoromancia: consistía en ver y leer presagios en las famosas estrellas
fugaces.

La hidromancia o la adivinación mediante el agua

Una fuente que brotaba, una charca que se formaba, las olas ocasionadas por los movimientos del viento en un lago o el número de círculos concéntricos provocados por la lluvia o una piedra lanzada al agua (simplemente, si eran números pares, la respuesta era positiva, si eran impares, era negativa), o también el número de rebotes producidos por un guijarro lanzado hacia la superficie del agua, incluso la tirada de piedras preciosas en agua pura, todo ello tenía un sentido para nuestros antepasados, según los cuales nunca nada era fruto del azar. Por eso, la hidromancia, o el arte adivinatoria basada en los movimientos del agua, provocados por las piedras que se lanzaban en ella o los trozos de madera que flotaban en la superficie, fue tan importante como la aeromancia. En la Edad Media, en toda Europa, la hidromancia, más que la aeromancia, la practicaron a menudo magos y hechiceros en fuentes, corrientes de agua, torrentes y, principalmente, ríos, aunque también se solía ir a orillas de los lagos para consultar a las numerosas divinidades del Agua.