Del imperio romano a la sabiduría árabe

Los romanos heredarían los perfumes de los griegos y se convertirían en adeptos de los aromas, hasta el punto de que en la misma Roma los perfumistas se concentraban en el barrio de «vicus thuraricus» que formaba parte del Valabro.

Tal vez han sido los escritos romanos los que antiguamente más tinta han vertido sobre las excelencias de los perfumes, y entre ellos no podemos olvidar a Ovidio y su tratado de cosmética «Medicomina faciei».

Es César quien registra en sus escritos la gran farmacopea de los druidas en la guerra de las Galias, quien nos deja constancia de los preparados de los sacerdotes Celtas en las marmitas sagradas y de la especial ceremonia de la recogida del muérdago.

La afición por los perfumes fue tan importante entre el pueblo romano que llegaban a consumir toneladas de plantas aromáticas. Las leyes de Roma tuvieron que regular incluso el uso privado de incienso para que no faltase en los templos, donde también se ofrecía costo a Saturno, benjuí a Júpiter y ámbar a Venus.

Los perfumes alcanzaron una gran importancia en el mundo árabe. «Las mil y una noche» nos insiste reiteradamente en sus páginas sobre el uso de ellos y la importancia del aroma en los palacios y los serrallos. Pero será en este mundo donde el perfume alcanzará una etapa de esplendor a través del sabio sufista Abu Alí al-Husain Ibn Abdallah Ibn Sina, conocido en Occidente por Avicena, quien inventará la destilación.

Avicena hace famoso un perfume como el agua de rosas, elaborado con la rosa centifolia y que los Cruzados traerán más tarde a Europa, entre místicos recuerdos, magia de la rosa y órdenes secretas de caballeros que más tarde utilizarán la rosa como blasón en sus escudos.

Volver a Magia y perfumes