Pactos con el Maligno

A través de los siglos el mecanismo de los pactos no ha cambiado. El pacto más antiguo del que se tiene noticia es el de Teófilo, ecónomo de la iglesia de Adava, hacia el año 538. Como su obispo lo había destituido del cargo, vendió su alma al diablo para recuperarlo. La siguiente es, según el Libro del Dragón Rojo, «La Gran Invocación de los Espíritus con los cuales se desea hacer un Pacto»:

Emperador Lucifer, señor de todos los espíritus rebeldes, te ruego que me seas favorable en el llamamiento que dirijo a tu gran ministro LUCIFUGE ROFOCAL, con el deseo de hacer un pacto con él; te ruego también, príncipe Belzebut, que me protejas en mi empresa. ¡Oh, conde Astarot, séme propicio y haz que, esta noche, el gran LUCIFUGE se me aparezca bajo forma humana, y sin ningún mal olor, y que me conceda, mediante pacto que le presentaré, todas las riquezas que ambiciono! ¡Oh, gran Lucifu-ge, te ruego que abandones tu morada cualquiera sea el lugar donde te halles, para acudir a hablarme! De lo contrario te forzaré a ello por obra de las poderosas palabras de la gran Clavícula de Salomón, de las cuales se servía para obligar a los espíritus rebeldes a aceptar su pacto. Así, comparece cuanto antes o te atormentaré con las poderosas palabras de la Clavícula.

La respuesta del Espíritu, según el Dragón Rojo, sería la siguiente:

No puedo concederte tu pedido, sino bajo la condición de que dentro de veinte años te entregues a mí para hacer de tu cuerpo y de tu alma lo que me plazca.

En este momento solemne y terrible hay que tomar la suprema decisión, y el Libro del Dragón Rojo aconseja entregar el pacto, escrito de puño y letra en un pequeño pedazo de pergamino virgen, consistente en estas pocas palabras que deben firmarse con la propia sangre:

Prometo al gran LUCIFUGE recompensarlo dentro de veinte años por todo lo que me dará. En fe de lo cual, firmo, (firma del solicitante)

Lo más terrible del pacto era el implacable vencimiento que debía ponerle fin a los beneficios para dar comienzo al pago, en la abominable moneda del sufrimiento eterno. Quienes lo habían firmado trataban de sustraerse a toda costa a ese momento: trataban de robar al Diablo la presa con la que contaba.

El mismo Libro del Dragón Rojo propone esta oración precautoria: ¡Inspírame, oh, gran Dios, los sentimientos necesarios para librarme de las garras del demonio y de todos los espíritus malignos! Pero de nada les servía; el Diablo no dejaba escapar a quienes no querían cumplir su promesa, y se presentaba sin falta el día del vencimiento.

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