La frontera entre el bien y el mal

magia negra

Torre de las Brujas, en Lindheim

Ciertos brujos se decían dueños de los demonios, jactándose de no estar ligados a ellos y de no haber sucumbido a su dependencia.

Pero era muy difícil mantenerse en este terreno mixto. La Iglesia condenaba la invocación de los demonios, fuese en nombre de la Divinidad o en nombre del Diablo.

El brujo que creía haber llegado a ser dueño de los demonios estaba comprometido en un asunto grave, porque tarde o temprano estaba obligado a pronunciar el «pacto», fórmula célebre que consistía, para el invocador, en vender el alma a Satán o a uno de sus acólitos, a cambio de las ventajas que el demonio le iba a otorgar.

A veces, muchas personas, brujas o no, se reunían para invocar juntas a los demonios. Esto ocurría por lo general en alguna casa abandonada, en algún monumento en ruinas, invadido por malezas y ortigas que inspiraban temor a la gente del pueblo: como ocurre con la Torre de las Brujas, en Lindheim, donde todavía hoy la gente del lugar apenas se atreve a aventurarse.

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