Sacrificio de humanos (I)

¿Y las víctimas, sus familiares y amigos aceptaban sin oponerse este destino terrible?
En la mayoría de los casos, no tenían otras opciones. La práctica del sa­crificio humano se había extendido de tal modo que formaba parte de la cultura de los pueblos que la ejercían, lo mismo que los tabúes y otras manifestaciones del in­consciente colectivo de la raza en cuestión. Por este motivo, era muy difícil oponerse con éxito a ser inmolado en un sacrificio ritual. Por lo general, cuando los sacerdotes elegían a su víctima, a ésta no le quedaba otro camino que encomendarse a sus dioses y despedirse de sus seres queridos. Solía ocurrir que los allegados a un sacrificado eran especialmente considerados por la comunidad con posterioridad a la muerte de aquel; pero casi ningún caso -salvo en los ya mencionados de los fanáticos religiosos- los condenados iban con alegría a la pira de las ofrendas humanas.
¿Cómo se llevaban a cabo dichos sacrificios humanos?
En la mayoría de los casos y en todos los lugares del planeta donde se efectuaron, se realizaban por la noche o al alba, casi nunca en presencia del pueblo sino ante los miembros de las castas sacerdotales. Muy rara vez el sacrificio se consumaba du­rante el día, aunque hay testimonios que sostienen que los aztecas los practicaban cuan­do el sol se encontraba en lo alto del cielo, es decir, al mediodía. Siempre el ritual lo eje­cutaba un sumo sacerdote y, en muchas oportunidades, la sangre de la víctima era reco­gida en un recipiente y con ella se llevaban a cabo celebraciones complementarias.
¿La sangre tenía un papel de importancia en el ceremonial?
En realidad, los sacrificios humanos tenían como fin práctico -por lla­marlo de alguna manera- el ofrendar a un dios determinado la sangre de la víctima y, eventualmente, su corazón. En algunos casos, como entre los ashanti africanos, el sacrifi­cio y el posterior derrame ritual de la sangre se llevaban a cabo en múltiples oportuni­dades, incluso en los funerales de los personajes importantes de la comunidad. Aunque algunos antropólogos señalan que estos últimos eran suicidios o ejecuciones para hon­rar al muerto, lo real es que ancestralmente habían comenzado como una manera de apaciguar a los dioses y favorecer un tránsito adecuado del muerto hacia las regiones de ultratumba. En dichas ocasiones, los sacrificados eran personas de baja jerarquía social, generalmente los sirvientes del personaje fallecido. El motivo subyacente de estos sacri­ficios era que en la otra vida los hombres iban a conservar la posición y la gloria que ostentaban en la Tierra, razón por la cual debían ser acompañados al más allá por sus sirvientes más leales.

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