Un poder especial

Probar aunque sea una pizca de sal es una manera de purificarse. Los chamanes siberianos tiraban puñados de sal al aire para que cayeran sobre sus cabezas cual lluvia desintoxicante. Lo ideal en este acto era que una pizca de sal cayese en sus bocas, ya que degustar la sal les permitía purificarse internamente.
El alimento de la sal también fue adoptado por los cristianos en los ayunos, evocándose en la liturgia del bautismo. Para aquellos creyentes consumir sal común tenía una relación directa con el valor simbólico de la comunión. Era como crear un lazo invisible de unidad para con el resto del grupo. Un imaginario lazo fraternal que favorecía cualquier tipo de pacto o intención. Por su parte los pueblos hebreos, árabes y griegos consideraban que compartir la sal era un símbolo de hospitalidad y amistad y, además, fortalecía las relaciones y la veracidad de los compromisos, ya que consideraban que el sabor de la sal era tan indestructible como sus palabras y propósitos.
La dualidad de la sal como símbolo conservador y destructor se aplica tanto a las transmutaciones morales como a las físicas. Los romanos, tras la destrucción de Cartago, esparcieron sal por todos los campos que rodeaban la ciudad con la finalidad de volverlos estériles y áridos para siempre. Prueba de la dualidad mencionada es que, a su vez, en la antigua Roma se ponía sal en los labios de los lactantes para protegerles de cualquier peligro.
En la India, la sal era considerada como un potente afrodisíaco, estando prohibida a los matrimonios jóvenes y a los ascetas. Los brahmanes debían ser muy selectivos en su uso y éste estaba limitado a ritos de sacrificio muy específicos.
Desde el punto de vista de la brujería, se afirmaba que los demonios abominan la sal. Existen todo tipo de leyendas, algunas relativamente recientes, que señalan que en el «sabbat de las brujas» o aquelarre, a la hora del banquete ofrecido en comunión todos los manjares de la mesa habían sido cocinados sin sal.
La virtud protectora de la sal queda patente en las ceremonias sintoístas, cuyo culto es practicado por buena parte de la sociedad nipona. En uno de los libros sagrados, el Kojiki, en uno de los textos más antiguos sintoístas se nos explica que el kami (ser noble que puede vivir en planos sobrenaturales) Izanaki-no-Mikoto acude al estrecho de Tachibana para purificarse en el mar con agua y sal, pues volvía de visitar a su mujer en los infiernos.
En el Japón actual pervive la creencia de que la sal es una potente purificadora, particularmente la que se halla disuelta en estado natural en el agua de mar. Todavía hoy se mantiene viva la tradición japonesa de colocar a diario montones de sal en el umbral de la casa. La creencia indica que al hacerlo se purifica el hogar y se aleja de él a todo elemento perturbador. Esta práctica se realiza también en pozos que pueden estar poblados por demonios y en aquellos lugares que quieren mantenerse como espacios sagrados como el suelo tras las ceremonias funerarias.
Una antigua costumbre japonesa muy extendida en varios lugares de Europa consiste en fregar el suelo de la casa con agua salada tras la partida de una visita poco recomendable.
Curiosamente, la sal también es protagonista en el ámbito del deporte nipón. El Sumo es una de las artes marciales más antiguas del Japón y se acompaña siempre de un gran ritual sagrado. Una de las manifestaciones de dicho ceremonial es el desarrollo del rito de purificación sintoísta previo al combate. Consiste en que dos campeones, después de estirar y flexionar los músculos, cogen puñados de sal y la esparcen en cada uno de los ángulos del terreno de lucha. La finalidad es evidentemente purificadora, pero además la sal es un reclamo para que la lucha se desarrolle con limpieza y lealtad a las normas.

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