Sal mágica y amor

En varios centros de investigación científica se están realizando pruebas para detectar en qué lugar exacto del cerebro se producen las emociones del amor. Las búsquedas efectuadas hasta la fecha parecen indicar que el amor es algo tan simple y complejo a la vez como la puesta en marcha de una serie de compuestos químicos generados por un simple impacto emocional.
Cuando alguien nos encanta, nos seduce o nos genera esperanza e ilusión, se desata una potente descarga de acetilona y endovalium, dos sustancias químicas producidas por el cerebro que junto a la también endógena feniletilamina, nos pueden hacer sentir enamorados. Hasta aquí lo que asegura la química, pero ¿dónde queda la magia en todo ello? Seguramente más cerca de lo que pueda parecer a simple vista.
Si partimos de la base de que las emociones son capaces de desatar aspectos como la ilusión, el amor o la pasión, veremos que la magia o los actos mágicos pueden darnos mucho juego.
Cada vez que entramos de lleno en una relajación para posteriormente visualizar aquello que después plasmaremos en un amuleto o talismán, estamos generando un movimiento psíquico que puede incitar a la producción de la química cerebral. Pero, yendo un poco más lejos, cuando hemos efectuado un ritual, nuestro cuerpo cambia. Tras un acto mágico, la estabilidad emocional es otra bien distinta. Nuestra energía ha cambiado y con su metamorfosis, todo nuestro organismo, la expresión de la mirada, el tono de voz, las posturas a adoptar se modifican aunque sea ligeramente. Quizá lo suficiente como para que cuando estemos frente a nuestra persona amada provoquemos en ella un cambio emocional.
Desconocemos con exactitud de qué manera se producen las emociones tras la magia. Sabemos que para la existencia de una emoción, debe haber primero un desencadenante. Después debemos darnos cuenta que «algo» ha pasado y acto seguido es cuando nuestro organismo, bajo la dirección del cerebro, actúa. Tras el acto desencadenante y la acción referida, quizá sonreímos o nos sonrojamos, a lo mejor bajaremos la mirada o acabaremos por adoptar una postura de timidez. Según parece, la magia, y con ella el psiquismo, actúan en ese universo imperceptible, delicado y enigmático en el que oscila no sólo la química, sino también las emociones.
Muchas personas se preguntan cómo es posible que la magia funcione a distancia, cuando el destinatario final no sabe que está formando parte de un ritual. La respuesta no puede ser más sencilla: la magia no precisa de las fronteras espacio-temporales humanas. Las energías psíquicas de la magia fluctúan en otro universo paralelo cuya densidad sólo podemos alcanzar a conocer a través de estadios muy especiales de la mente. Sin embargo, ese otro universo nos afecta, puede provocarnos sensaciones o sentimientos, sueños, intuiciones y, cómo no, emociones.
Los rituales y hechizos de estas páginas de Magia con Sal están destinados al amor, pero debemos saber, en este tema más que en cualquier otro, que el amor no puede robarse, ni tampoco forzarse o mucho menos exigirse. El amor es una llama que, sin lugar a dudas, provoca emoción. Ahora bien, recordemos que unas emociones pueden generar la más dulce de las miradas o el más tierno de los besos, pero también el llanto desgarrador. Efectuamos esta aclaración para esas personas que sin piedad ni honestidad y mucho menos una ética de lo correcto, no tienen ningún prejuicio en desestabilizar una pareja para lograr formar la suya.
En magia, una ley no escrita nos dice: «No pidas nunca aquello que luego no sepas cómo recibir ni de qué manera cuidar. Pero por encima de todo no solicites jamás aquello que sabemos no te es merecido, porque entonces la furia de los dioses caerá sobre ti».
Para todos los ejercicios, una única recomendación: tanto si se trata de potenciar el carisma como de unificar una relación o de aliviar las desavenencias, lograremos mejores resultados si efectuamos nuestros actos mágicos sin rencor, sin exigencia y con mucho, muchísimo amor.

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