Mística y simbolismo de la sal

Desde épocas prehistóricas la sal ha sido fundamental como elemento en los ritos religiosos de prácticamente todas las civilizaciones, incluyendo la griega, romana, hebrea y cristiana.
En el Anticuo Testamento encontramos una mención muy importante en referencia al poder, en este caso negativo y destructor de la sal: la historia de la mujer de Lot. Según el libro sagrado, Lot (hijo de Harán), y su tío Abraham (padre del pueblo judío) vivieron juntos durante varios años hasta que el crecimiento de sus rebaños y la carencia de pasto les obligó a separarse. Tiempo después, cuando Lot se encontraba en Sodoma (ciudad que junto a la de Gomorra se supone que estuvo ubicada en el actual Mar Muerto), fue hecho prisionero. Tras ser rescatado por Abraham, los ángeles le anunciaron que, en breve, destruirían la ciudad, por no ser grata a los ojos de Dios dado el comportamiento de sus habitantes.
Cuando las entidades celestes le indicaron que él y su familia se salvarían si huían por tener un corazón puro, sólo le imponen una condición: que bajo ningún concepto debe mirar hacia atrás y, como se nos dice en Génesis 19: «Entonces llovió Jehová sobre Sodoma y sobre Gomorra azufre y fuego de parte de Jehová desde los cielos; y destruyó las ciudades, y toda aquella llanura con todos los moradores de aquellas ciudades… Entonces la mujer de Lot miró a espaldas de él y se volvió estatua de sal».
La sal ha estado directamente relacionada con los dioses, así vemos que en el sermón de la montaña Jesucristo denomina a sus discípulos como «la sal de la tierra». En Mateo 5,13 leemos: «Vosotros sois la sal de la tierra: y si la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada?».
Para los cristianos, Jesús estaba considerado como «la sal redentora que penetra el cielo y la tierra» y al igual que a la sal, a Jesús se le atribuye y compara con los atributos de la sal, pues se afirma que él tiene toda la fuerza y el sabor, al tiempo que es el verdadero protector contra la corrupción. Dicho de otra forma, como la cal es capaz de conservar y preservar de la podredumbre. La sal simboliza la incorruptibilidad, y es por esta razón que la alianza de la sal designa una alianza que Dios no puede romper.
Siguiendo en este viaje por las creencias y la sal, vemos que para los antiguos hebreos era un elemento sumamente importante. Todo rito u ofrenda debía estar presidido por la sal como sustancia consagradora. El Levítico 2,13 menciona la sal que debe acompañar a las oblaciones: «Y sazonarás toda ofrenda de tu presente con sal; y no harás que falte jamás de tu presente, la sal de la alianza de tu Dios».
La sal es divina para muchas culturas, pero no debemos ver en ello una interpretación de carácter idolátrico, sino simbólico. Al ser aglutinadora y considerarse como una manifestación de Dios, se convierte también en alimento que purifica, que libera el alma y conduce correctamente al espíritu. El filósofo judío Filón de Alejandría nos acerca a esta realidad purificadora de la sal. Se refiere a ella cuando menciona el alimento de los terapeutas en el día de la festividad judía, el Sabbat. Filón manifiesta que existía un preparado especial, un alimento casi mágico compuesto de pan, sal de hisopo y agua clara que, supuestamente glorificaba el alma.
Según narran numerosas leyendas el poder de la sal reside, precisamente, en su carácter divino. Por ejemplo, en algunos mitos sirios se nos dice que los dioses, deseosos de premiar a los hombres, les entregaron la sal enseñándoles a usarla para tener mejor calidad de vida y conservar sus alimentos. Para algunas tribus del Himalaya, los dioses entregan un tesoro de sal únicamente a quienes son puros de espíritu, ya que dicha condición es esencial para ser merecedor de tan preciado bien.
Lejos de oriente, en el continente europeo, vemos que la antigua diosa lituana Gabija, considerada como señora del fuego sagrado, recibía ofrendas de sal que esparcía sobre las llamas de las hogueras prendidas para su adoración. Este acto ritual pretendía devolverle a la diosa lituana una parte de la sabiduría y fuerza que ella había otorgado generosamente a los humanos.

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