Historia de un elemento mágico

No sabemos en qué momento de la historia de la humanidad la sal pasa a ser un bien preciado, y mucho menos un elemento mágico o de culto. Podemos imaginarnos que un prehistórico antepasado descubrió por casualidad algo blanco y brillante en las rocas de la costa que visitaba asiduamente. Tal vez lo tocó y al llevárselo a la boca comprobó su sabor anómalo. Pero de ahí a poder determinar la inclusión de sal en el tratamiento de los alimentos o como elemento purificador y crepitante en una hoguera, seguramente tuvo que haber un gran paso.
Sabemos, por ejemplo, que en África existían numerosas rutas comerciales de especias, oro y sal hacia el 1000 a.C. Toda la zona sahariana era rica en yacimientos de sal. Las tierras ocupadas por los actuales países como Argelia, Marruecos, Libia, Túnez, etc., comerciaban con alejadas tierras como Egipto o Irán, lugar este último en el que encontramos dos grandes desiertos: el Dasht-i-Lut, cubierto de arenas y rocas, y el Dasht-i-Kavir, cubierto en su mayor parte de sal. No debe de extrañarnos que una parte importantísima de hechizos y sortilegios con la sal como protagonista proceda de lugares como los citados.
Muy lejos de allí, en Australia, los aborígenes ya conocían grandes salinas en el centro y sur de la Gran Cuenca Artesiana (lagos Eyre, Torrens, Frome y Gairdner), que son los restos de un vasto mar interior. Sabemos de la utilización de la sal en culturas como la australiana y oceánica en la conservación de cadáveres, que generalmente eran ahumados o salados en rituales religiosos y mágicos para su buena conservación.
Por su parte, entre el 700 y el 500 a.C., se hace patente que para los habitantes de la cultura del Hallstatt, ubicada en el centro de Europa y extendida hasta el mar Báltico y el Mediterráneo, la sal era un bien muy preciado. De hecho, su riqueza principal se basaba en la sal que extraían de las montañas próximas a sus poblados.
Las minas de Hallstatt estaban cavadas en la tierra a modo de pozo que llegaba a alcanzar los 400 m de profundidad. En estas zonas se han hallado numerosas huellas de actividad minera. Los restos más destacables son galerías apuntaladas con vigas de madera, instrumentos de minería como las antorchas que se usaron para iluminar los oscuros pasillos y contenedores de madera que eran recubiertos de pieles y servían para albergar las grandes cantidades de sal que luego se extraían al exterior de la mina.
Cabe destacar que la cultura Hallstatt nos ha legado también todo un sistema de vida y religión muy ligado a lo que actualmente denominados celtas. Sabemos, por ejemplo, que los magos de los celtas eran los druidas y que conocían ciertas secretos sobre la conservación de cadáveres, para los que también empleaban la sal como un elemento más.
Desde un punto de vista económico, vemos que la evolución de la sal fue notoria con el paso del tiempo. En el pasado tuvo un gran valor, y su posesión era a menudo considerada como signo de prestigio social o valía económica. Fue moneda de cambio común en casi todas las rutas los mares Egeo, Adriático y Mediterráneo, siendo objeto de impuestos y tributos en los países asiáticos desde épocas remotas. Al parecer se utilizó también como dinero en Tíbet y Etiopía. De aquel comercio y valor de la sal tenemos una herencia lingüística, el término «salario», que indica el precio pagado por la realización de un trabajo. La palabra «salarium» es el vocablo latino que aludía a la asignación de sal que se entregaba a los soldados que servían en el ejército romano como una parte de la paga por sus servicios prestados.

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