La personalidad del Conejo, Liebre o Gato

Dentro de los doce animales del Zodiaco chino, el Conejo, Liebre o Gato es el signo más afortunado.
Según la tradición china, el Conejo vive en los tranquilos palacios de la Luna. Este astro era para los chinos de la antigüedad un mundo misterioso, bello, símbolo de la serenidad y motivo de la poesía. Es el testimonio de los enamorados y la cara de añoranza de los amantes separados. En China se cree que en una noche serena, si levantas la cabeza y contemplas la Luna con imaginación, podrás encontrar en las ligeras manchas del astro un «conejo de jade», apoyado en un árbol de laurel, cerca de una roca. Tiene en la «mano» una «hierba de longevidad». Lo acompaña un sapo, que es la representación de la sabiduría. En este país existe la milenaria tradición de celebrar la «Fiesta de la Luna» en otoño, en plena cosecha de los frutos del campo. Esta costumbre ha convertido al Conejo en un símbolo de la benevolencia, la sabiduría y la concordia.
Los que nacen en el año del Conejo reúnen extraordinarias cualidades humanas: son prudentes, inteligentes, afables, discretos, previsores, atentos y benevolentes. Por eso el signo del Conejo es ventuoso y ampliamente aceptado por la gente. .
De carácter moderado e indulgente, amante de la paz y la concordia, el Conejo odia la guerra y la violencia. Le gusta la vida tranquila, la ternura y la armonía. Se esfuerza por llevarse bien con los demás y casi siempre lo consigue por sus virtudes humanas. Su gran clarividencia y su desenvoltura ante situaciones delicadas lo convierten en un excelente diplomático y mediador.
Es agudo en la observación de las circunstancias, comprende enseguida la intención de los demás, no obstante, su reacción es siempre adecuada, prudente y diplomática. Es tolerante y concesivo frente a la agresividad ajena. Pero sus reacciones son enérgicas y vengativas cuando se siente atropellado. «El conejo también muerde cuando está frenético», dice un refrán chino.
Su gran inteligencia se manifiesta a través de su prudencia. Es discreto, considerado y hasta un poco tímido. Procura no molestar a nadie ni causar incomodidad con su presencia. En algunas ocasiones, su reticencia parece exagerada, por eso se le reclama más confianza y menos protocolo. Incluso hay quienes creen que son hipócritas y antinaturales. Estas críticas no han valido mucho para modificar su personalidad, porque la prudencia la lleva en la sangre como un signo congénito.
No es impulsivo, ni temperamental. Medita siempre antes de decir algo o actuar de alguna manera. Es muy confuciano en este sentido: «Piénsalo tres veces antes de hacer cualquier cosa.» Por eso, su intervención es siempre premeditada y adecuada. Sabe controlar las emociones. Su voz es calmada y bien modulada. Sus razonamientos son dialécticos. Sin embargo, debido a su excesivo afán por el equilibrio y las soluciones totalizadoras, llega a tener a veces verdaderos dolores de cabeza, sobre todo cuando se enfrenta a problemas de mucha complejidad cuya solución influirá en el futuro de su vida profesional y la familia.

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