Pablo de Olavide

Resulta ya un tópico recurrente afirmar que con el proceso a don Pablo de Olavide lo que realmente se estaba procesando eran las ideas ilustradas que venían de Francia. Ya a mediados del siglo XVIII la Inquisición española era una bestia esclerotizada y anacrónica, incompatible con los tiempos que corrían, pero aún de mucho fundamento para el mantenimiento de las ideas ultramontanas de los sectores más reaccionarios del país.
Después de tres siglos de duro combate contra la herejía, resulta difícil concebir que en España pudiera haber algún importante foco de heterodoxia. En absoluto. España tendió siempre a la uniformidad. Lo diferente nos pareció siempre sospechoso. Lo distinto fue para nosotros herético, inmoral, un verdadero inconveniente, una auténtica vergüenza. Siempre fuimos un país profundamente pacato, extremadamente montaraz y bravío en el peor sentido de la palabra; es decir, un lugar de promisión para que se extendiera como un reguero de pólvora el fanatismo, la ignorancia y la credulidad más reaccionarias, que unidas a los dos vicios nacionales, la envidia y la delación, hábilmente monopolizados por el clero cerril que siempre campó por sus respetos por estos pagos, provocaron que España fuera uno de los países más atrasados de Europa hasta bien entrado el siglo XX.
La Inquisición española consideró herejes a los diferentes, a quienes no encajaban en el modelo de sociedad impuesto según unos patrones religiosos. En España, la herejía fue sinónimo de singularidad. Aquí se depuró hasta el exterminio a toda persona que no acatara las creencias de la mayoría, las interpretara de otro modo, viviera de forma distinta, se atreviera a pensar por sí mismo o quisiera sentir el placer sexual de otra manera. Diferentes fueron los judíos y los moriscos, los conversos (criptojudíos y criptomusulmanes), los alumbrados, los protestantes, los sodomitas, los brujos y hasta los intelectuales, siempre tan propensos a decir inconveniencias.
Pero, ¿qué ocurre en un país tan adiestrado en eliminar la disidencia? ¿Qué pasa cuando ya hace mucho que fueron depurados los grandes diferentes? ¿Qué se hace cuando faltan herejes? ¿Qué salida le damos a nuestra mirada escrutadora, que sigue buscando, implacable, la más mínima diferencia en el otro, tan sospechoso siempre? Hay que tener en cuenta que el otro es otro, muy distinto a nosotros, y puede que piense de distinta manera, que sienta de modo diferente. ¿No será un enemigo que busca mi mal? ¿No será un hereje este otro que no se me parece?
Y así llegamos al siglo XVIII español, una época sin grandes heterodoxias, pero muy dada al pensamiento libre y discursivo. Una época, en fin, donde nadie cuestiona ya el catolicismo como credo religioso, como dogma, como principio moral, pero en la que sí se discute la conveniencia de que la Iglesia Católica intervenga en las cuestiones del Estado. Y esto creo que es una cuestión fundamental para comprender muchos de los desastres de la historia de la España contemporánea. En España, desde el XVIII para acá, y puede que incluso antes, la Iglesia católica no ha sufrido el más mínimo entredicho como credo religioso, pero sí como empresa multinacional de gran poder, maniobra y osadía. Cuando se ha vertido alguna crítica contra los curas, los frailes, las monjas, etc., lo que realmente se ha censurado no es el Catolicismo que ellos predican, sino ciertos métodos utilizados por lo que podríamos denominar «Iglesia Católica, S.A.» Sólo así se comprende que tantos católicos sinceros y hasta de misa diaria fueran considerados herejes, reprimidos por la autoridad eclesiástica, excomulgados, desterrados o directamente asesinados.
El caso de Pablo de Olavide es sólo uno de ellos.
Yo no comprendo a esos estudiosos que se sorprenden de que nuestro hombre escribiera la obra titulada El Evangelio en triunfo o historia de un filósofo desengañado, libro en el que se declaraba católico a ultranza y confesaba sentirse desengañado de las ideas liberales que había mantenido en su juventud. Se equivocan quienes piensan que lo escribió únicamente para que le permitieran regresar a España. ¿Por qué? ¿Acaso es incompatible la figura de un hombre ilustrado como Olavide y la de un sincero católico? ¿Por qué es incompatible?

Sigue leyendo >>>