Nestorianismo

Más evidente es la unión entre lo religioso y lo político en el caso del nestorianismo, corriente heterodoxa del cristianismo que se dio en el Imperio Bizantino a partir del siglo V, una época convulsa en la que las distintas escuelas bizantinas rivalizaban entre sí con la finalidad de someter a las otras bajo su jurisdicción, tanto en el terreno político como en el religioso, donde existían importantes discrepancias.
El problema se acentuó cuando Nestorio fue nombrado patriarca de Constantinopla en el año 428, porque Nestorio, educado en la escuela de Antioquía, era el principal defensor de la doble naturaleza de Cristo, la humana y la divina, separadas la una de la otra, y sólo moralmente unidas en la humana existencia de Jesús; cuestión peliaguda ésta que abría un disputado debate referente al modo en que los fieles debían adorar a la Santísima Virgen María, si como Madre de Dios, o tan sólo como Madre de Cristo.
Por su parte, los educados en la Escuela de Alejandría, con Cirilo a la cabeza, y que también ambicionaban hacerse con el control de Constantinopla y del Imperio, eran defensores de las tesis monofisitas, que postulaban una única naturaleza divina para Cristo.
A partir del año 428 se suceden las intrigas palaciegas entre nestoria-nos y monofisitas en el plano religioso; o lo que es lo mismo: entre antioquenos y alejandrinos en el plano político. Esta situación duró poco menos de una década, hasta la celebración del I Concilio de Éfeso, donde los alejandrinos demostraron ser más duchos que los de Antioquía en cuestiones maquiavélicas anteriores a Maquiavelo, y condenaron a Nestorio como hereje, lo destituyeron de sus cargos, confiscaron todos sus bienes y lo obligaron a partir hacia el destierro junto a todos sus partidarios.
Ya desde el mismo año de su convocatoria, el Concilio de Éfeso fue llamado Latrocinio de Éfeso, pues el número de irregularidades cometidas por los alejandrinos monofisitas resultó escandaloso. Al parecer, se prohibió la entrada de los obispos antioquenos, se falsificaron las actas finales y ni siquiera se respetó el acuerdo de la mayoría a la hora de tomar tan importantes decisiones.
Aún así, el nestorianismo no desapareció. Todo lo contrario. El destierro le dio un mayor impulso proselitista. Se instaló con fuerza en Siria, de donde era oriundo Nestorio, y poco a poco fue expandiendo su credo por oriente, con el propósito de evangelizar las tierras que estaban más allá de la zona de influencia islamista. A finales del siglo VI habían llegado los predicadores nestorianistas a la península del Indostán, y desde allí se extendieron por China y Mongolia. De hecho, cuando los jesuitas del siglo XX iniciaron la evangelización de China se toparon con una sorpresa que no esperaban. Ya existían en aquellas tierras monumentos cristianos y una muy incipiente evangelización, la llevada a cabo por los nestorianos varios siglos antes. Cuando los jesuitas llegaron a China, comprobaron, sorprendidos, que aquella no era la primera vez que los chinos veían la cruz de Cristo.
De hecho, algunos estudiosos han llegado a la conclusión de que la famosísima leyenda medieval del Preste Juan sólo puede ser entendida como un eco de la doctrina nestoriana que llegó hasta oriente. Los hombres de la Edad Media, pero sobre todo durante la época de las Cruzadas, hablaban de un lugar maravilloso gobernado por un virtuoso monarca al que llamaban Preste Juan, y al que situaban en Abisinia, en lo que hoy puede que sea Etiopía. La verdad sobre el curioso reino del Preste Juan, como suele ocurrir con cierta frecuencia, hay que ir a buscarla a medio camino entre la realidad y la leyenda. Efectivamente, los nestorianos cristianizaron muchas zonas que estaban bajo el dominio mongol. Y, por tanto, no es de extrañar que el título que ostentaba uno de los príncipes mongoles convertidos al cristianismo, el de Powang khan, fuese fonéticamente asimilado hasta convertirse en Preste Juan. El resto de elementos del legendario país y sus maravillosas promesas lo crearon el tiempo y la fantasía de la gente.

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