Monofisismo

En cuanto al monofisismo, su triunfo sobre el nestorianismo en el Latrocinio de Éfeso no fue suficiente para imponerse como doctrina oficial del Imperio Bizantino. Había de fondo un problema político que se lo iba a impedir. Los monofisitas, con sede en la ciudad de Alejandría, tan alejada de la capital del Imperio, Constantinopla, eran partidarios de un imperio federalista, organizado como un conjunto de ciudades cuasi-independientes. Por su parte, los contrarios al monofisismo se mostraban solidarios con la idea de la centralización dirigida desde la capital. A todo esto había que añadir que la supremacía alcanzada por los monofisitas se había logrado con evidente irregularidad en Éfeso, por lo que resultaba urgente la celebración de un nuevo Concilio que estableciera un dogma definitivo y solventase la cuestión política de una vez por todas.
Ocurrió en el año 451 y en la ciudad de Calcedonia. Asistieron a ese Concilio dos figuras de gran relevancia política y religiosa: el nuevo emperador bizantino, Marciano, que veía peligrar con el monofisismo la estabilidad de su Imperio; y el nuevo Papa, San León Magno, hombre enérgico y combatiente que no estaba dispuesto a ver peligrar la supremacía de Roma sobre la Iglesia de Constantinopla. En este Concilio de Calcedonia quedó fijada de modo definitivo la fórmula que aclaraba la cuestión cristológica de la compleja naturaleza de Jesús de Nazaret:
«Siguiendo, pues, a los santos Padres, enseñamos unánimemente que hay que confesar a un solo y mismo Hijo y Señor nuestro Jesucristo: perfecto en la divinidad, y perfecto en la humanidad; verdaderamente Dios, y verdaderamente hombre de alma racional y cuerpo; consustancial con el Padre según la divinidad, y consustancial con nosotros según la humanidad, en todo semejante a nosotros, excepto en el pecado; engendrado del Padre antes de los siglos según la divinidad, y en los últimos días, por nosotros y por nuestra salvación, engendrado de María Virgen, la madre de Dios, según la humanidad»; que se ha de reconocer a un solo y mismo Cristo Señor, Hijo unigénito en dos naturalezas, sin confusión, sin cambio, sin división, sin separación. La diferencia de naturalezas de ningún modo queda suprimida por su unión, sino que quedan a salvo de las propiedades de cada una de las naturalezas y confluyen en una sola persona y en una sola hipóstasis, no partido o dividido en dos personas, sino uno solo y el mismo Hijo unigénito, Dios Verbo Señor Jesucristo, como de antiguo acerca de Él nos enseñaron los profetas, y el mismo Jesucristo, y nos lo ha transmitido el Símbolo de los Padres.
Después que hemos decidido todo eso con toda posible diligencia, el santo Concilio ecuménico ha decidido que nadie puede presentar, escribir o componer una fórmula de fe distinta, o creer y enseñar de otro modo».
Esta fórmula, aunque totalmente alejada de la tesis monofísita defendida por Cirilo de Alejandría en Éfeso, tampoco coincidía con el nestorianismo, por lo que ambas corrientes fueron declaradas heréticas, y sus partidarios considerados herejes.
Desterrado definitivamente del poder de Constantinopla, el monofisis-mo se extendió por diversos territorios alejados del Imperio, ensanchando su influencia, posteriormente, por Egipto, Armenia, Palestina, Etiopía y Siria occidental, todos ellos lugares del área musulmana ya en el siglo VIII. El monofisismo, que ha pervivido en comunidades religiosas aisladas hasta hoy día, recibió con el tiempo la influencia del Islam, convirtiéndose así en una heterodoxa doctrina cristiana con ecos mahometanos. El caso más curioso puede que sea el de Egipto, donde el monofisismo derivó en la formación de la Iglesia Copta, una iglesia nacional egipcia que tiene su propio rito, su propio dialecto y hasta su propia escritura.

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