Melchor de Macanaz

Con demasiada frecuencia se suelen narrar los acontecimientos históricos con una seriedad que es completamente ajena a dichos acontecimientos. Tendemos a considerar el estudio de la Historia como una disciplina objetiva, desapasionada, en exceso rigurosa, y caemos en el error de conferirles a ciertos personajes grotescos, pusilánimes y decididamente inmorales un aura de dignidad y sentido común de la que realmente carecieron en vida. Pretendemos distanciarnos de los hechos para observarlos con sincera austeridad y no hacemos otra cosa que burocratizar la Historia de los pueblos hasta dar un perfil esquelético, sin sangre ni musculatura, sin pálpito ni verdad humanas. Sólo huesos. Sólo cáscara.
Es el caso de esta herejía más política que religiosa. Narrado con desapasionado rigor, el ceño fruncido y la voz engolada del docto erudito con las cejas quemadas, el llamado caso Macanaz no es más que la crónica de los sueños de la Monarquía española por someter el poder temporal de la Iglesia durante la primera mitad del siglo XVIII; un episodio más del duro combate que mantuvo la Inquisición española contra la política regalista del primer Borbón que gobernó en España; otro capítulo, con derribo personal incluido, que tuvo como protagonistas a las instancias eclesiásticas que todavía disfrutaban de una posición dominante dentro del entramado político de la Monarquía. Visto de esta forma, don Melchor de Macanaz, ministro y fiscal general en tiempos de Felipe V, no sería más que un representante del original y transgresor proyecto político del nuevo rey Borbón; y Felipe V, el rey, podría ser descrito como un hombre tenaz y decidido, muy en la onda ilustrada de los tiempos que corrían en Francia, un modernísimo gobernante, bienintencionado y competente, dispuesto a sacar a España de la decadencia en que se hallaba. Y aunque todo esto no sea falso, tampoco es rigurosamente cierto. Por desgracia, la realidad está siempre contaminada por intereses personales, por ambiciones partidistas y por pequeñas miserias que justifican el subtítulo que le hemos dado a este capítulo: «Lío de faldas y lío de togas», porque eso fue el caso Macanaz, un complejo, patético y hasta divertido enredo con la política y la religión al fondo.
Como todo el mundo sabe, el siglo XVIII español dio comienzo con una traumática guerra de sucesión (1702-1713) que cambió el destino del país a la vez que cambiaba la dinastía gobernante. Los Austrias dieron paso a los Borbones, y en el trono español se sentó Felipe V, nieto de Luís XIV de Francia, el todopoderoso rey Sol.
El nuevo rey francés llegó a España con un proyecto reformista, moderno y renovador, y en este nuevo estado de cosas la Inquisición no era más que una antigualla, un atavismo, un lastre que frenaba el avance de la nación. A los ministros ilustrados no les importaban tanto los delitos contra la fe, cuanto los delitos contra la economía del gobierno. Los problemas de conciencia se la traían al fresco. Las infracciones a la moral establecida no eran una prioridad. Perseguir blasfemos, bigamos, sodomitas o solicitadores, reprimirlos y condenarlos, pasó a un segundo plano. El Santo Oficio estaba de capa caída. La Inquisición española, el terrible monstruo que había atemorizado al país durante tres siglos, no era ya ni sombra de lo que había sido. Muchos fueron los que se preguntaron si no sería mejor acabar con ella de una vez por todas, lo que suponía también debilitar a la acaparadora Iglesia Católica, que en los dos últimos siglos había ampliado sus competencias de modo abusivo aprovechando la incapacidad de los últimos reyes de la casa de Austria. Estos eran los regalistas, es decir, funcionarios al servicio del gobierno, defensores a ultranza de los intereses de la nueva monarquía. Uno de los más fieles e incondicionales fue don Melchor de Macanaz (1670-1760), el héroe de esta crónica, ministro y fiscal general, un voluntarioso y disciplinado individuo, un ambicioso tecnócrata y un hereje político. Don Marcelino Menéndez y Pelayo, con su habitual y excesivamente apasionada contundencia, dejó escrito sobre Macanaz estas palabras tan reveladoras:

«Entre los leguleyos del siglo XVIII, pocos hay tan antipáticos como él, y vanos son cuantos esfuerzos se hacen para rehabilitar su memoria. No nos cegará la pasión hasta tenerle por hereje; pero su nombre debe figurar en primera línea entre los serviles aduladores del poder real, entre los autores y fautores de la centralización a la francesa y entre los enemigos más encarnizados de todos los antiguos y venerados principios de la cultura española, desde la potestad eclesiástica hasta los fueros de Aragón».

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