Melchor de Macanaz (2)

No eran buenos tiempos para la Iglesia Católica, quien jugaba torpemente con negras en esta curiosa partida de ajedrez. Las relaciones con el Estado eran tensas. En 1709, el Papa, el rey negro, cometió el error de apoyar al pretendiente austríaco, el archiduque Carlos, que tuvo la mala suerte de perder. Como represalia, Felipe V rompió las relaciones diplomáticas con el Vaticano. El Tribunal de la Nunciatura, la dama negra, perdía su poder a pasos agigantados.
Macanaz era más fuerte que nunca. Se desplazó a Zaragoza para dirigir la fábrica de moneda, y allí se hizo poderoso. Era el campeón de los derechos del trono frente al poder eclesiástico. Estamos ya en 1712. En este mismo año, nombran inquisidor general al cardenal napolitano Francesco Del Giudice, un hombre astuto, maquiavélico, quien se revelará más tarde como el artero alfil que necesitaban las negras para neutralizar a la Princesa de los Ursinos. Ambicioso y diplomático, el cardenal Del Giudice deseaba ser arzobispo de Toledo. Para conseguir sus propósitos, trató de ganarse a Melchor de Macanaz, quien le dio largas alegando que el arzobispado de Toledo nunca había estado en manos de un extranjero. Craso error, como se verá más tarde, porque desde ese momento se ganó un peligroso enemigo que prepararía la celada que llevaría a Macanaz al destierro, su caída definitiva, de la que nunca se recuperó.
Finaliza la guerra de sucesión, y el rey, magnánimo, se reconcilia con el Papa. Se establecen las relaciones diplomáticas con la Nunciatura. Macanaz vuelve a Madrid, y a instancias del rey o de la Princesa de los Ursinos (para el caso es lo mismo), redacta un famoso Memorial destinado, únicamente, al Consejo de Castilla, que pasará a la historia con el nombre de Pedimento de los 55 párrafos, un verdadero escándalo, excesivo en el fondo y las formas, donde quedaba demostrado que la Iglesia lastraba la economía del Estado y se enriquecía a costa de los derechos de la Monarquía. De nuevo surgía el viejo enfrentamiento. Había que acabar con los privilegios de la Iglesia. El poder temporal debía estar en manos del rey. El documento, aunque secreto, era escandaloso, casi herético.
Y aquí es donde resurge el cardenal Del Giudice, inquisidor general. Astutamente, amparado por el secreto, desde la sombra, se hace con el Memorial y lo envía al Papa. El Memorial de Macanaz era un documento de circulación restringida al Consejo de Castilla, pero por arte de influencias varias, cayó en manos de la autoridad eclesiástica, quien lo consideró herético. En 1714 sale a la luz la condena. No sucede en España. Del Giudice es artero, y sabe que la cuestión es grave y debe andar con mucho cuidado. ¿Cómo es posible que el Memorial se haya divulgado cuando sólo fue entregado a los miembros del Consejo de Castilla? Pero así fue. El Memorial está en la calle y la Inquisición se hace eco de lo que en él se dice. Fuera de la jurisdicción española, en París, se publica un edicto condenatorio del documento, pero no de la persona que lo ha redactado, cuyo nombre permanece en la sombra. Aún así, Macanaz corre a cubrirse las espaldas. Felipe V se indigna. ¿Cómo se atreven a condenar un documento que él ordenó redactar? Del Giudice se disculpa. Finge no saber que ese escrito respondía a órdenes reales. Alega que ignoraba que fue el poderoso Macanaz quien lo había redactado. El rey duda, pero la Princesa de los Ursinos no. Ella es lista, ella es sagaz, casi expeditiva, y exige la dimisión inmediata de Del Giudice como inquisidor general, quien por aquel entonces se encuentra fuera de España, en Bayona, donde decide quedarse hasta que se calmen los ánimos.

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