Melchor de Macanaz (1)

Pero para entender en toda su complejidad el caso Macanaz, quizá convenga contemplar la realidad política de la España del momento como una partida de ajedrez disputadísima. No es sólo un capricho. Es más bien una propuesta de comprensión. Veamos, pues, cómo estaba la partida.
Nos encontramos aún a principios del siglo XVIII, en plena guerra de sucesión. Juega con blancas el rey de España, a la sazón Felipe V, casado todavía con su primera esposa, la dama blanca, María Luisa de Saboya, cuya camarera, es decir, cuyo afilado alfil, es Marie-Anne de laTremóille, Princesa de los Ursinos, francesa impuesta por Luís XIV, que tutela desde su alta cumbre cuanto ocurre en España. Muchos son los que sospechan que la Princesa de los Ursinos era realmente quien gobernaba España, y así debía de ser si tenemos en cuenta que Felipe V fue, durante toda su vida, un hombre aquejado por la enfermedad mental, un depresivo crónico, en realidad un incapaz que tuvo la rara destreza de rodearse de gente con valía que le llevara los asuntos internos. Así las cosas, se comprende la férrea política regalista de los primeros años. La Princesa de los Ursinos no veía con buenos ojos a la Inquisición española, y pretendía privar a la Iglesia católica del poder temporal que hasta entonces había disfrutado. Utilizó para ello a un fiel peón, don Melchor de Macanaz, hombre disciplinado y trabajador, de incansable pluma, incondicional de la monarquía pero a la vez devoto católico, quien se dedicó a exhumar viejas leyes para restituir a la corona los derechos reales que detentaban la Iglesia y las comunidades ferales. La Princesa de los Ursinos quería cargarse el Tribunal de la Fe, pero Macanaz no era partidario de medidas tan drásticas. ¿Por qué eliminar una institución que se había mostrado tan eficaz, durante tres siglos, a la hora de mantener el orden social? ¿Por qué no utilizarla para los fines de la monarquía? No. La Inquisición aún podía resultar muy útil en España. No le faltaba razón a don Marcelino Menéndez y Pelayo cuando afirmaba que Macanaz no quería renunciar a ella.

«La Inquisición le encantaba; pero en manos del rey y con inquisidores nombrados por él y sin facultades para proceder contra los ministros, es decir, una Inquisición regalista y medio laica, una especie de oficina del Consejo»

¿Por qué no?, debía de preguntarse Macanaz en los primeros años del siglo XVIII, cuando todavía era el hombre fuerte del Estado. Pero para entonces, y pese a su sincero catolicismo, ya se había enfrentado a las autoridades eclesiásticas. Había administrado ya los bienes confiscados a los rebeldes de Valencia, y había tomado parte en la destrucción de Játiva, atrepellando la inmunidad eclesiástica, circunstancia que le valió ser excomulgado por el arzobispo de Valencia, don Antonio Cardona. Macanaz no rectificó, pero corrió a solicitar la absolución ad cautelam, regresando también a Madrid para defender su caso, que posteriormente sería sobreseído.

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