Los Conversos: Criptojudíos y criptomusulmanes (4)

Cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿realmente los diez mil condenados a muerte por judaizantes eran falsos conversos? Es decir, ¿de verdad todas las personas relajadas por la Inquisición, acusadas de herejía criptojudaica, lo fueron realmente? Para responder esta pregunta, habría que conocer primero con qué tipo de pruebas contaron nuestros inquisidores para valorar la posible herejía de los procesados. Y sobre todo, qué clase de procedimientos utilizaron para descubrir a los astutos herejes.
Son éstos: en primer lugar, la delación; alguien acusaba a alguien de prácticas judaizantes. En seguida era sospechoso, y por tanto culpable, pues en la época se admitía la presunción de culpabilidad, no la de inocencia. Juzgue el lector el valor evidenciable de esta prueba judicial. En segundo lugar la tortura; al acusado se le invitaba a confesar sus prácticas heréticas, y si no confesaba, se le sometía a tormento. Podían ocurrir dos cosas; que confesara, y por tanto quedaba probado su delito; o que no confesara, lo que era considerado persistencia en el error. En este caso, el hereje se volvía reincidente. Se le declaraba relapso, y por tanto culpable, y de los peores.
Entre las prácticas judaizantes que se valoraban como pruebas inculpatorias para llevar a alguien ante el tribunal de la Fe se encontraban las siguientes: practicar la circuncisión, celebrar fiestas hebraicas, como la Pascua de las Cabañuelas, adoctrinar a los hijos en la ley mosaica, rezar los salmos de David; todas ellas evidentes. Pero también, y eran las más habituales: ponerse ropa limpia los sábados, bañarse los días de ayuno o no comer con suficiente entusiasmo los productos del cerdo, cuestión muy sensible que despertó en la época enormes susceptibilidades, y que derivó en la costumbre tan española de la matanza del cochino, espectáculo público y familiar para dejar claro que quienes lo practicaban eran cristianos viejos, auténticos godos, de sangre purísima. Y por eso se hacía con gran jolgorio, a la vista de todos para que a nadie le quedara la menor duda. Pero qué pasaba si a alguien se le ocurría, o más bien se atrevía, por ejemplo, a condimentar sus guisos con un buen aceite de oliva en lugar de hacerlo con un estupendo trozo de tocino fresco. ¿Por qué aceite de oliva y no la sabrosa grasa de un pegote de manteca de cerdo? ¿No será que le tiene aversión al cerdo quién se atreve a hacer tal barbaridad? ¿No será que tiene sangre semita en las venas y por eso lo rehuye?
Como se comprenderá, en un ambiente, legalmente instituido, que aplicaba procedimientos judiciales que daban todas las ventajas al acusador sobre el reo, el número de denuncias, y por tanto de condenas, fue elevadísimo. Además, el delator, quien acusaba a otro de converso criptojudío o criptomusulmán, contaba con el amparo del secreto. El acusado nunca conocía a su acusador, uno y otro nunca eran careados ante el tribunal, lo que daba vía libre a las venganzas personales.
Por supuesto, no todos los procesos incoados por la Inquisición acabaron en relajación. En muchos de ellos se admitía la reconciliación, y en estos casos sufrían penas menores, confiscación de bienes y penas pecuniarias. Pero hubo familias enteras que fueron exterminadas. Un ejemplo ya clásico, y que es nombrado por casi todos los autores, es el de Luis Vives, quien siempre rehuyó la posibilidad de volver a España. No en vano la Inquisición valenciana relajó a sus padres, a su abuelo materno, a dos tíos abuelos suyos, a tres tíos y a dos primos.
Poco a poco, el número de judaizantes fue disminuyendo en España. El emperador Carlos I fue también un perseguidor de conversos, aunque es cierto que su caso no fue nunca el de un fanático, quizá debido a sus múltiples influencias erasmistas, que aconsejaban la templanza en el rigor. Y si durante su reinado hubo menos procesos que durante el de los Reyes Católicos, ello se debió a que el número de criptojudíos era ya menor.
Me apetece incluir aquí y ahora lo que don Julio Caro Baroja, en una interesante y profundísima reflexión, como todas las suyas, nos dejó dicho sobre estas cuestiones:
«Nadie puede calcular lo que la aplicación de estas ideas ha costado en términos de dinero, de preocupación, de vergüenza y esfuerzos de astucia. Nadie puede determinar la cantidad de neurosis y monomanías que han podido producir. Nadie sabrá, a punto fijo, la cantidad de ficciones, ocultaciones y posiciones ambiguas que ha producido el miedo a la impureza y la baladronada goticista».
Efectivamente, entre la población, siempre orgullosa y henchida de amor patrio, se va a exaltar los ideales neogóticos. Comenzaron las distinciones entre lo que eran un cristiano de pura cepa, un auténtico godo, cristiano viejo, y el cristiano de sangre impura, cristiano nuevo de judío o de moro. El Estado se va a identificar con la fe y con la sangre, y los miembros del estado van a reivindicar la pureza que se deriva de ellas.

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