Los Conversos: Criptojudíos y criptomusulmanes (3)

Pero luego estaba la realidad. Luego estaban los cristianos viejos, que veían, como hemos dicho y no nos hartaremos de repetir, el fenómeno de la conversión con sospecha. Y para éstos, los conversos eran unos indeseables, y por eso se les llamó judaizantes, judeoconversos o criptojudíos; marcaron a fuego la diferencia que había entre ellos y los otros. No los aceptaron, y encontraron dos motivos para ello; uno: desconfiaban de su fe; y dos: envidiaban la posición social del judaizante, que seguía gozando de los cargos que venían históricamente disfrutando los judíos desde épocas anteriores, un periodo de tiempo que comprende varios siglos. Efectivamente, los criptojudíos seguían estando metidos en la política castellana, seguían bajo el amparo de los nobles, disfrutaban aún de ciertas profesiones liberales, como la de la medicina, seguían siendo un fuerte grupo de presión económica, pues seguían siendo los administradores de importantes fortunas. Como leemos en la Historia de la Inquisición española de Bennasar: «los judíos tienen demasiado éxito, son demasiado ricos, han hecho fortuna muy rápido. Además el talento que tienen, revelado en la práctica de las finanzas públicas, de la medicina y las letras, ha hecho de ellos consejeros muy escuchados por las cortes y la aristocracia».
En conclusión: a partir del siglo XV, el fanatismo religioso se alió con la española envidia hasta alcanzar un objetivo común: aniquilar al converso.
La realidad criptojudía, por tanto, era un problema social que se encontraron los Reyes Católicos cuando lograron unificar España. Y es aquí cuando aparece la Inquisición española, cuya fundación estuvo inspirada en el deseo de acabar con la herejía que se derivaba de las falsas conversiones, tema peliagudo y no resuelto, pues como se verá más adelante casi nunca se trató de una cuestión de fe, al ser tan difícil dirimir quién había realmente abandonado la senda mosaica para entregarse en abrazo fraterno al dogma cristiano.
Los Reyes Católicos cortaron por lo sano. No se complicaron la vida. Ellos tenían una misión que cumplir, que era acabar con los desórdenes y pacificar España de una vez por todas. Quisieron solventar el problema judío mediante dos procedimientos, que reseñaremos sin respetar el orden cronológico. El primero de ellos fue expeditivo, quirúrgico. Fue el Real Decreto de expulsión de 1492, cuya verdadera finalidad era la de erradicar la tentación que para los conversos podía suponer la convivencia con los que se habían mantenido fieles a su religión semítica. La segunda fue la creación de la moderna Inquisición española, encargada, en primera instancia, de velar por la autenticidad de las conversiones. A partir de 1478, será oficialmente considerado como hereje todo aquel judeoconverso que no se mantuviera en los límites de la ortodoxia cristiana.
Algunos historiadores, con una clara intención manipuladora, consideran que la cuestión religiosa alegada para instituir la Inquisición fue sólo un pretexto, y que la razón fue únicamente de orden político o social.
Se equivocan. Y se equivocan a sabiendas de que se están equivocando. Ambos motivos corren parejos e indisolubles. La Inquisición española fue una institución mixta. Es más, tal vez se pueda considerar, incluso, que la cuestión esencial para la reina Isabel era la religiosa, pero no así para Fernando, personaje de índole política maquiavélica, quien vería la depuración del converso como una solución a los disturbios sociales. El rey católico no fue, como la reina, un tesorero de la ortodoxia. Para Fernando la Inquisición fue un instrumento de dominio, un arma para el mantenimiento de su regia autoridad y una interesante fuente de ingresos. De hecho, aceptó deportivamente que algunos de sus más estrechos colaboradores tuvieran antecedentes judaicos. Incluso el Gran Inquisidor Torquemada provenía de familia conversa.
Como era de esperar, la desbandada de 1492 provocó conversiones masivas, y tales conversiones de última hora fueron vistas por la población con tremendo recelo. Los resultados de estos recelos son escalofriantes; la mitad de los diez mil judaizantes condenados a muerte durante los tres siglos y medio de exterminio de la Inquisición española, lo fueron en tiempos de sus majestades los Reyes Católicos.

Sigue leyendo >>>