Los Cátaros

En plena Edad Media, el sur de Francia ofrecía una situación geográfica inmejorable y un ambiente bien abonado para que se asentara en sus tierras una heterodoxia como la cátara. El Languedoc era un espacio neutral entre el poder francés del norte, el dominio inglés de Aquitania al oeste, la autoridad imperial del este y la influencia del reino de Aragón al sur.
Además, por su propia realidad independiente y sin competencia, el clero de la época se caracterizaba por la relajación de sus costumbres y por su vida disipada y corrupta, entre la vagancia, la simonía y el nicolaísmo. Vivían de sangrar al pueblo mediante diezmos, disfrutaban del concubinato con barraganas y heredaban los cargos de modo caprichoso. Se hacían llamar hombres de Dios, pero resultaban escasamente ejemplares. En definitiva, el cura del pueblo era una costumbre, alguien al que se respetaba y temía, pero no era ya un guía espiritual. Hacía mucho tiempo que había dejado de serlo.
Así las cosas, a mediados del siglo XII comienzan a llegar al Languedoc unos señores con un discurso diferente. Son unos tipos raros, y la gente se fija en ellos. Visten con pobreza, lucen luengas barbas, viven de su propio trabajo, y predican lo de siempre, que si el amor, que si la tolerancia, que si la libertad, etc. Las gentes del pueblo comienzan a observarlos, y poco a poco se van quedando con la copla o la buena nueva que ellos traen. Se declaran cristianos, parecen sacerdotes, pero tienen costumbres muy diferentes a las practicadas por los sacerdotes y clérigos que el pueblo conoce. El mensaje de estos tipos resulta radical, sorprendente y hasta subversivo. Predican las palabras de Cristo, lo hacen en plazas y mercados, en pequeñas aldeas y en grandes pueblos, pero también, cuando son requeridos, en los castillos de los poderosos señores, que sienten curiosidad por estos misioneros. ¿Serán una nueva orden creada por la Iglesia para difundir el Evangelio de Cristo? En absoluto, dirán los nuevos predicadores, y pronto dejarán clara cuál es su postura al respecto.
Para ellos la Iglesia de Roma es, sencillamente, la «gran Babilonia», la «basílica del Diablo», la «sinagoga de Satán». Toda esa organización externa del clero católico, con sus sacramentos materiales, su ambición de poder, sus rigurosos impuestos y su culto a las imágenes, será para estos misioneros la más evidente prueba de que la Iglesia oficial vive al servicio del maligno. Ellos piensan que en el mundo existen dos fuerzas en disputa, dos principios supremos: el Bien, encargado de la creación de todo lo espiritual; y el Mal, creador de la materia. Según ellos, lo corrupto, lo perecedero, lo sometido al desgaste del tiempo y a la inevitable corrosión de la vida no puede proceder de un Dios incorruptible y bueno. La enfermedad, el horror, la miseria del mundo, la maldad en una palabra, no puede ser obra de un Dios misericordioso, sino de un Dios perverso, aniquilador y malvado.
Eran, por tanto, seguidores de una religiosidad dualista, heredera del maniqueísmo persa, con vinculaciones gnósticas judías y cristianas, enriquecida con aportaciones esotéricas y derivada, con el paso del tiempo, hacia una espiritualidad de carácter iniciático. ¿Cuál era el origen de esta curiosa creencia? ¿De dónde venía? A los cataros medievales, pues así fueron llamados, se les ha querido relacionar con los paulicianos de Armenia y con los bogomilos de Tracia, aunque ya estas serían soluciones espirituales tardías de diversas creencias con un origen mucho más remoto, pero que en todo caso se encuentra en el extremo oriental del Mediterráneo, donde corrieron paralelas al cristianismo, dejándose influir por éste.

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