Los Cátaros (3)

Así las cosas, en poco menos de medio siglo el sur de Francia se convirtió en una región cátara. El pueblo llano quedó convencido por este nuevo cristianismo pacífico e indulgente que poco a poco iba ampliando sus zonas de influencia. Además, todo aquel que se convertía al catarismo dejaba inmediatamente de pagar los diezmos impuestos por el clero católico. ¿Acaso Cristo estableció esas cargas? En absoluto. ¿Por qué pagarlas, entonces? En cuanto a los mercaderes, encontraron en los cataros la tranquilidad espiritual que les era negada por la Iglesia Católica. ¿Qué razón hay para considerar que el préstamo con intereses pueda ser un pecado mortal? Nada más absurdo, decían los predicadores cataros cuando le preguntaban por la cuestión. Y así se fueron ganando a todas las clases sociales, desde el campesinado más humilde a los grandes señores feudales, con Raimundo VI de Toulousse a la cabeza. Al contrario de lo que ocurrió con otras heterodoxias del medievo, el Catarismo no fue, en absoluto, un movimiento social de las insatisfechas clases inferiores, sino una verdadera alternativa, en el corazón de Europa, a la poderosa y por entonces corrupta Iglesia de Roma.
El Papa empezó a preocuparse. Se dio cuenta de que la heterodoxia había logrado extenderse por culpa del clero incompetente y corrupto. La conducta de los clérigos católicos dejaba mucho que desear y beneficiaba la respuesta herética en el Languedoc. Las cartas de un Papa tan severo como Inocencio III, el gran luchador contra la herejía, no deja lugar a dudas. A sus propios dignatarios los llama “criaturas ciegas” “perros mudos” incapaces de poner remedio a un problema tan grave.
Las primeras medidas contra los cataros no fueron quirúrgicas. Ya a mediados del siglo XII los cistercienses habían sido enviados al sur de Francia para contrarrestar la herejía por medio de la predicación, pero sus intentos fueron infructuosos y acabaron en el más absoluto fracaso. En 1198 es nombrado Papa Inocencio III, y entre 1203 y 1205, el mismísimo Santo Domingo de Guzmán en persona intentó remediar el problema por medio de la palabra, enzarzándose en interminables disputas teológicas con los predicadores cátaros, acercándose a la gente sencilla con un diálogo sencillo. Un cuadro de Fra Angélico ilustra a la perfección la labor pastoral de Santo Domingo. En la ciudad de Fanjeaux somete al juicio de Dios a las dos doctrinas enfrentadas. Para ello arroja dos libros al fuego; uno cátaro, que arde inevitablemente, y otro católico, que se eleva por los aires salvándose milagrosamente de las terribles llamas. La obra de Fra Angélico, por supuesto, glorifica al santo, pero también desvela una verdad que se acabó imponiendo más tarde: quien comienza quemando libros acaba quemando a personas. Es lo que ocurrió, tristemente, con los dominicos.
El fracaso del creador de la Orden de los Predicadores fue estrepitoso. Dice la leyenda, y yo me la creo, que Domingo de Guzmán, frustrado al ver que su misión quedaba en nada, se retiró del Languedoc pronunciando esta fatídica amenaza: «Donde no vale la predicación, prevalecerá la estaca».Y así fue; a partir de ese momento, comenzó la depuración de los cátaros.
En 1208, un acto criminal precipita los acontecimientos: Fierre de Castelnau, el legado del Papa en el Languedoc, es asesinado cuando intenta cruzar el Ródano. Se hace responsable de esto al Conde de Tolosa, Raimundo VI, creyente cátaro que se hacía acompañar siempre por un grupo de perfectos. Es la excusa que necesitaba Inocencio III para mostrarse expeditivo. En seguida predica la cruzada contra los cataros, hito histórico sin precedentes; por primera vez la cruzada se despliega contra los propios cristianos. Hasta entonces había sido una medida militar contra el infiel; ahora lo será contra el hereje.
No tiene desperdicio el documento pontificio que convoca la cruzada. Es el escrito criminal de un fanático. Es la obra de un sádico que justifica su locura en nombre de Dios. Para que la cosa fuese más efectiva, tal y como ya ocurriera con las cruzadas en Tierra Santa, se conceden indulgencias a todo el que luche contra el hereje. La espuela con que se incita a la matanza en el documento papal apunta ya lo que vendría después:
«¡Adelante soldados de Cristo! ¡Esforzaos en pacificar esas poblaciones en nombre del Dios de paz y amor! ¡Aplicaos a destruir la herejía por todos los medios que Dios os inspire!»

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