Los Cátaros (1)

Nos encontramos, por tanto, ante una doctrina poseedora de una larga tradición. Al contrario de lo que sucedía con otros movimientos pseudoreligiosos, el catarismo medieval estaba dotado de una importante coherencia teórica, lo que jugaría, con el tiempo, un papel fundamental en su campaña de proselitismo y en su conquista religiosa del sur de Francia y el norte de Italia. Es una lástima que no se hayan conservado suficientes documentos cataros, destruidos por la Inquisición tras la depuración llevada a cabo por la Iglesia en contubernio con la ambición secular, como veremos más tarde. Pero aún así, los propios informes inquisitoriales aportan buenas pistas como para rastrear su corpus doctrinal. A esto habría que añadir un Tratado cátaro del siglo XIII, anónimo, que ha llegado hasta nuestros días, y una obra titulada Libro de los dos principios, y que suele atribuirse a Juan de Lugio, filósofo aristotélico.
Quizá la prueba más evidente de que el catarismo pudo haber sido una verdadera alternativa a la Iglesia oficial de Roma, sea la excepcional persecución a que fue sometida esta doctrina por la autoridad eclesiástica a principios del siglo XIII. Ya en 1167, el obispo bogomilo Nicetas, considerado Papa cátaro de Constantinopla, convocó en San Félix de Caramán, cerca de Tolosa, un concilio destinado a constituir la Iglesia Catara Occidental, con once obispados, seis en Italia y cinco en Francia, sus zonas de influencia. Poco después, en 1179, en el III Concilio de Letrán, la Iglesia romana condenó como herética a la Iglesia Catara, a la que identifica y vincula con la Pataria, relacionando así, caprichosamente, a cataros y patarinos.
Pero ya se va haciendo urgente entrar en materia. ¿Por qué se extendió como la pólvora esta doctrina entre las gentes del sur de Francia y del norte de Italia? Muy sencillo. La Iglesia Católica había basado, durante siglos, su eficaz campaña de proselitismo en el miedo al Infierno; por culpa de su debilidad el ser humano estaba en continuo peligro; por las más insignificantes faltas el hombre del medievo podía quedar condenado a un eterno castigo. Ante esto, los cátaros venían a decir que no era para tanto, pues el hombre estaba condenado a la salvación de modo inevitable. Tarde o temprano llegaba la purificación, en modo alguno podría triunfar el mal sobre el bien, porque simplemente Dios no lo podía permitir. Sustentaban esta creencia en la propia idea que tenían del Infierno, relacionado con la materia. El Infierno de los cataros estaba aquí, en la tierra. Rechazaban la teoría bíblica expuesta en el Génesis. Para ellos, en el principio de los tiempos hubo dos dioses, uno bueno y otro malo, al que también llamaban Satán. El Dios bueno había creado a los ángeles, seres espirituales, pero Satán influyó en la creación de Dios y sedujo y capturó a muchos ángeles, a los que dotó de una apariencia material. Y así, de este modo, de los seducidos surgen los demonios, pero de los capturados derivan los hombres. Para los cataros, cada vez que nacía un hombre, Satán introducía en él una de estas almas capturadas. El ser humano, por tanto, para ellos, estaba formado por un noble espíritu, vinculado al bien, y por materia corrupta, vinculada al mal. Para obtener la salvación había que desprenderse de lo material y alcanzar lo espiritual. ¿Cómo? A través de sucesivas reencarnaciones en las que el hombre se va liberando hasta alcanzar la completa espiritualidad, la perfección, la pureza.
En estas sucesivas reencarnaciones, el ser creado podía llegar a ser hombre o mujer, indistintamente, pues el alma, para ellos, no tiene sexo, de donde se derivaba la creencia de que hombre y mujer son dos seres iguales ante los ojos de Dios, idea verdaderamente revoltosa para la época. Pero aún más, las debilidades humanas que conducen hasta la senda del pecado no deben ser motivo de excesiva angustia, porque Dios, en su infinita misericordia, no alberga los sentimientos negativos del diablo, y por tanto ni castiga ni condena, y mucho menos lleva la cuenta de los deslices del ser humano, pues él sabe que el hombre sólo cae en el error debido a su lado material, administrado por Satán.

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