Las primeras herejías

Comencemos por el principio. Cincuenta días después de la muerte de Jesús de Nazaret se formó la primera comunidad judeocristiana. Ocurrió durante la festividad de Pentecostés, y estuvo encabezada por el apóstol Santiago. La trascendencia histórica de aquella primera reunión de los primeros cristianos es incalculable, pues en ella se decidió la colosal tarea de extender la doctrina aprendida de Jesús por todo el mundo conocido. Como es sabido, desde ese día hasta el año 313 los cristianos van a sufrir una persecución aniquiladora por parte del Imperio Romano. La principal razón de este acoso al naciente credo es fácil de comprender; sencillamente, de cara a los romanos, la nueva religión venía a destruir el orden social y las creencias de los ciudadanos de Roma, pues el cristianismo, entre otras cosas, negaba el culto al emperador, cuestionaba la desigualdad existente entre los señores y los esclavos y, sobre todo, tropezaba frontalmente con las innumerables prácticas religiosas allí existentes. Por si fuera poco, desde un principio, los cristianos pretendieron que la Ciudad de Roma, la capital del Imperio, fuese también la Cabeza de la Iglesia de Cristo. Si contemplamos este hecho desde la mentalidad romana de la época, ¿no era una osadía intolerable?

El primer gran perseguidor de cristianos fue Nerón. Bajo su mandato sufrirán martirio Pedro y Pablo. Con Domiciano, el apóstol Juan será desterrado de Roma. Y poco más tarde Trajano, Marco Aurelio, Septimio Severo, Máximo y sobre todo Decio, desatarán grandes campañas de acoso y derribo por todo el Imperio. A todos estos emperadores les mueve un único propósito: exterminar a los cristianos para que prevalezcan las tradiciones romanas que la nueva religión amenazaba con sus continuos ejercicios de proselitismo. La situación comienza a cambiar con Galieno, quien promulga en el año 260 el primer edicto de tolerancia, revocado por Diocleciano en el año 303, que inicia de nuevo la persecución. Pero para entonces, el cristianismo, con tres siglos ya de existencia, se había extendido por todas las capas sociales y por todos los territorios bajo el dominio de Roma. Muy pronto, los administradores del Estado llegarán a la conclusión de que la lucha está abocada al fracaso, por lo que se abandonan las viejas posturas intransigentes y comienza un proceso de rectificación.

En el año 312 Galerio da el paso definitivo, admite el perseguido culto en todos sus territorios, y un año más tarde el emperador Constantino, convertido al Cristianismo, concede en el Edicto de Milán la total libertad religiosa y la igualdad de derechos a los cristianos, a la vez que restituye a la Iglesia todos los bienes confiscados hasta entonces. El Cristianismo inicia el camino que lo convertirá en la religión oficial del Imperio.

Nos topamos así con la primera reflexión importante para comprender el posterior fenómeno de las herejías. Ya durante el Imperio Romano el castigo religioso era un castigo social. Existe una estrecha relación entre el credo mayoritariamente aceptado en una sociedad y la autoridad que ejerce el poder en esa misma sociedad. Los romanos ya sabían que la religión es uno de los más importantes aparatos logísticos para el mantenimiento de la cohesión social y, por esta razón, mientras fue posible, fueron hostigados los cristianos que socavaban los cimientos del orden establecido. Sólo dejaron de estar perseguidos cuando la propia persecución amenazó con desestabilizar el Imperio. Sólo fueron aceptados cuando se convirtieron en elemento de estabilidad. La religiosidad de la élite romana comprendió, a principios del siglo IV, que ya nada podía hacer contra la religiosidad de las capas populares, que habían abrazado el credo nacido de Jesús de Nazaret. Ahora bien, la imparable propagación del cristianismo por las vastos territorios de Roma no contó con un credo unitario, lo que provocó que surgieran, ya desde el principio, toda una serie de ideas heterodoxas alrededor de la propia figura de Cristo y su mensaje. Hasta la aparición de los Padres de la Iglesia (San Jerónimo, San Ambrosio, San Agustín) no quedarán cimentadas las doctrinas cristianas; es decir, el conjunto de dogmas definitivos que van a constituir las verdades del credo. Pero para entonces, estas heterodoxias habían calado hondo en la población de diversas regiones, dando lugar así a las primeras herejías, de carácter fundamentalmente crisftológico.Y al igual que ocurrió en Roma con el disolvente cristianismo de los primeros siglos, estas piedras de disidencia serán condenadas por el bien del nuevo orden social, perseguidas y aniquiladas, convertidas en polvo, o convertidas en nada.

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