Las Brujas

La caza de brujas llevada a cabo por la Iglesia Católica a partir del siglo XIII, y hasta bien entrado el siglo XVIII, constituyó una nueva traición al dogma cristiano. Como actuación criminal, sólo es comparable al Holocausto judío que llevaron a cabo los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Papas como Gregorio IX, Juan XXII, Inocencio VIII, Alejandro VI, León X, Justo II, Adriano VI, Gregorio XVI y otros tantos, demostraron ser tan psicópatas como algunos jerarcas nazis y casi todos los oficiales de las SS. Sólo a los pontífices de Roma cabe hacer responsables de aquella orgía de destrucción. Uno tras otro, fueron fomentando los crímenes a mansalva, los alentaron y los impulsaron, y posteriormente, cuando quedó mitigada la superstición en las brujas y su satánica promiscuidad, ni siquiera hubo una disculpa con propósito de enmienda, no se formuló ni una sola palabra de repulsa por los viejos crímenes, cometidos para erradicar una herejía inventada. Simplemente se acabó el desconeje, pero la Iglesia no deploró sus crímenes contra la humanidad, ni calificó como criminales a los Sumos Pontífices que los habían procurado. Como mucho, en 1657, una directriz de la Inquisición romana reconocía que, desde hacía mucho tiempo, no se había llevado a cabo de forma correcta ni un solo proceso contra la brujería. Nada más. No se señaló a nadie como culpable. No se entonó un mea culpa. Y sobre todo, no se inició un camino de rectificación al emprendido por tantos papas que habían conculcado una tradición que venía de antiguo y que negaba la realidad de las brujas. Se diría que la Iglesia, en aquellos siglos oscuros, prefirió renunciar a su propia doctrina con tal de alimentar la creencia en Satanás como fuerza maligna en perpetua disputa contra Dios. A la Iglesia le interesaba que los creyentes vivieran con un continuo terror al maligno. Para ello, nada mejor que lanzar el bulo de la existencia de sus perversos agentes, las brujas, a las que había que aniquilar. De esta manera, se aseguraba el control sobre el orden social y el respeto de los creyentes por medio del miedo, convertido en pavor y espanto gracias al celo de esos profesionales del crimen que fueron los inquisidores. Como ya señaló Lea:
«La Iglesia aplicó su irresistible autoridad para consolidar la creencia en el alma de los hombres. En las bulas papales, se aludió reiteradamente a los poderes maléficos de las brujas debido a la credulidad implícita de los creyentes».
¿Por qué hemos dicho que la caza de brujas europea, patrocinada desde Roma, fue una nueva traición al dogma cristiano? Muy sencillo. En los primeros tiempos del cristianismo, los cánones eclesiásticos enseñaban que los creyentes debían ser instruidos acerca de las falsedades y apartarse de toda superstición nigromántica. Lo que condenaron los padres de la Iglesia fue la creencia en supercherías de todo tipo. El propio San Pablo se mostró escéptico en todo lo tocante a la hechicería: «rechaza las fábulas profanas y los cuentos de viejas», le escribió a su discípulo Timoteo. Y San Agustín, a quienes no se hartarían de traicionar los papas de la Edad Moderna, condenaba la creencia en las brujas, y se mostró riguroso con quienes aceptaban tales fantasías; a los actos brujeriles los consideraba «ensueños» populares de la gente ignorante. Entre los teólogos medievales, hubo partidarios de la teoría del «ensueño» expuesta por Agustín de Hipona. Estos santos varones, en lo que se ha dado en llamar, con total injusticia, los siglos oscuros, se negaron a dar crédito a los excesos del ignorante vulgo. Una autoridad como Santo Tomás, consideraba la Superstición como un «exceso» opuesto al «defecto» de la Irreligiosidad, contrarias ambas a la «virtud» de la Religión.
¿Por qué? Pues porque Cristo venció a Satán. Jesús enseñó que el maligno carece de poder sobre el hombre, salvo cuando puede tentarlo para que haga el mal. La superstición y las supercherías, el oscurantismo, según la auténtica doctrina cristiana, vendría a ser una contaminación del diablo en la mente de los hombres. Curiosamente, a partir del siglo XV, la Iglesia Católica fomentaría las supersticiones para dar rienda suelta a todas sus depravaciones. Traicionando su propio credo, volvió a inventarse una nueva herejía, la de las brujas, para asentar aún más su poder como siempre lo hizo, por medio de la violencia. En 1486, el libro más atroz que se ha escrito, y por encargo de un papa, el Malleus Maleficarum, del que tendremos ocasión de hablar más adelante, afirmaba:
«La mayor de las herejías es no creer en las brujas»

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