Las Brujas (3)

Un ejemplo muy significativo de esto es La Celestina de Fernando de Rojas, de finales del siglo XV, donde la vieja alcahueta que protagoniza la obra practica la brujería sin sufrir persecución por ello, y donde estos conocimientos son tenidos como cosa habitual, incluso cotidiana, propios de la época y de la sabiduría popular. En definitiva, los inquisidores españoles consideraron la brujería un mal menor. Hasta tal punto fue así que en 1614 la Inquisición española publicó unas celebres Instrucciones para tales casos, cuyos treinta y dos artículos recomendaban mantener la cautela y practicar la benevolencia en todo lo referente a estos delitos.

En Europa, pero sobre todo en Alemania y Francia, los siglos XV, XVI y XVII, con su Reforma y su Contrarreforma, conforman la Edad de Oro de la Brujería. El mundo se llenará de íncubos y de súcubos, las posesiones diabólicas estarán al orden del día, los conventos vivirán bajo sospecha continua, pues los hombres y las mujeres de Dios son los más tentados por el maligno. Serán frecuentes los pactos con el Demonio, se celebrarán los aquelarres, se practicarán toda clase de maleficios, de embrujamientos, de asesinatos mágicos. Se pondrán de moda los bebedizos, los filtros de amor, los envenenamientos y los brebajes a base de plantas mágicas, y cualquiera que anduviera coqueteando con dichas pócimas sería sospechoso, pues de ellos se valía Satanás para perder a los hombres y a las mujeres. Todo ello supuestamente, por supuesto.
En una época en la que impera la creencia de que todo en el mundo significa algo, de que todo tiene un sentido distinto del que aparenta, cualquiera que pretendiese alcanzar algún elevado significado espiritual corría el peligro de ser acusado de brujería, y su destino sería la hoguera. La nigromancia, la astrología, la quiromancia, las diferentes clases de conjeturas obtenidas de mil y un elementos, los augurios sacados de los fenómenos atmosféricos, las suertes echadas de mil maneras y todo lo que sonara a esotérico, mágico o alquímico, todo será escrutado por las instituciones que velaban por el mantenimiento de la ortodoxia, y todo fue razón y motivo para encender la leña.

Los demonólogos de la época difundieron la creencia de que los brujos y las brujas estaban poseídos y habían hecho pactos con el Diablo, a quien adoraban en la ceremonia del Sabat o Aquelarre, y que todos ellos formaban una secta herética que pretendía constituir una Iglesia contraria a la Iglesia de Dios, es decir, una Anti-Iglesia de Satanás. El famoso erudito del siglo XVI Jean Bodin, autor de una obra titulada De la demoniomanía de las hechiceras, llegó a establecer los quince crímenes que con más frecuencia cometían las brujas, a saber: renegar de Dios; blasfemar contra Dios; adorar al Diablo; entregar sus hijos al Diablo; sacrificar a los niños al Diablo antes de ser bautizados; consagrar los niños a Satanás desde el vientre de su madre; prometer al Diablo atraer a su servicio a otros muchos; jurar en nombre del Diablo; no respetar ninguna ley natural y cometer incesto; matar a las personas, cocerlas y comérselas luego; alimentarse de carne humana y aun de la de los ahorcados; asesinar a otras personas por medio de sortilegios y venenos; acabar con el ganado; secar los frutos y causar la esterilidad de las gentes de bien; y,  por último, pero es mandamiento que los agrupa a todos, hacerse en todo esclavos del Diablo y obedecer sus órdenes.

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