Las Brujas (1)

Esta afirmación, tan alejada de lo enseñado por los padres de la Iglesia, sería la gran consigna de los inquisidores. Todo aquel que se negara a aceptarla sería igualmente depurado. Rechazaban asilas enseñanzas de los cánones de la Iglesia. Aún en el siglo XI, en el Canon Episcopi, podemos leer estas palabras que niegan la realidad de las brujas, a la vez que explica por qué la creencia en ellas resulta anticristiana:
«De hecho, una innumerable cantidad de personas, engañadas por esta falsa creencia, considerando estas cosas como verdaderas, se desvía de la justa fe y cae en el error del paganismo porque termina afirmando la existencia de alguna otra divinidad o potencia sobrenatural además del único Dios. Por este motivo, los sacerdotes, en sus iglesias, deben predicarle al pueblo continuamente para hacerle saber que ese tipo de cosas son enormes mentiras, y que estas fantasías son introducidas en las mentes de hombres sin fe no por el espíritu divino, sino por el espíritu del mal».
Es decir, que no sólo se negaba la existencia de las brujas, sino que se desaconsejaba su creencia por ser éste un modo de tentación para hacer caer a los hombres en el pecado y, en definitiva, para alejarlos de Dios. Con la perspectiva que nos conceden los siglos, hoy sabemos perfectamente lo alejada que estaba de Cristo la Iglesia Católica en los siglos en que defendió a sangre y fuego la existencia de las brujas para, posteriormente, aniquilarlas.
Curiosamente, no fue la Edad Media, pese a su injustificada fama de época oscura, una era de persecución de la brujería. Hubo casos, por supuesto. La creación de la Inquisición medieval en 1231 no presagiaba nada bueno. Pero ya hemos visto cómo ésta fue instituida para erradicar la herejía catara, aunque muy pronto se extendieran sus competencias a cualquier forma de disidencia. Ya en tiempos de Gregorio IX actuó en tierras alemanas Conrado de Marburgo. Fue éste hombre un esforzado luchador contra la hechicería, perseguidor de una supuesta secta de luciferinos que, según se decía, estaban haciendo estragos entre la población. Sólo en Estrasburgo llegó a quemar a ochenta personas. No obstante, se trató de un caso aislado. Su campaña criminal duró sólo seis años. Murió asesinado en extrañas circunstancias.
En realidad, la Iglesia prestó poca atención al tema de la magia hasta el siglo XIV. Todavía en 1257, el papa Alejandro IV les recordó a los inquisidores, mediante bula, que no debían distraerse de su deber esencial, que era la depuración de los herejes, no la persecución de las brujas, que era aún competencia de las autoridades civiles como cuestionadoras del ordenamiento social. Todavía en tiempos de Alejandro IV, la brujería no era considerada una forma de herejía. Aún así, en la época de Clemente V, los templarios serían perseguidos por la Inquisición. La principal acusación que pesó sobre ellos sería la de adorar a un enorme ídolo en forma de macho cabrío llamado Bafomet. También en este caso, la autoridad civil del rey Felipe de Francia, llamado «el hermoso», se aliaría con la autoridad religiosa para acabar con la poderosísima Orden del Temple, que había sido fundada en 1118 para proteger el Santo Sepulcro, y a los peregrinos que acudían a Tierra Santa, de la amenaza sarracena. Pero el caso de los templarios, aunque declarados herejes por el Pontífice, puede que sea un ejemplo de lucha política más que religiosa. Hubo demasiados intereses económicos de por medio. Por este motivo, no nos detendremos en su estudio. Aunque eso sí, la historia de la Iglesia es también la historia de sus intereses económicos y de su ambición política.

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