La querella iconoclasta

También en el ámbito bizantino, y entre los siglos VIII y IX, se dio un fenómeno relacionado con la herejía que tuvo enorme trascendencia para el futuro del cristianismo. Estamos hablando de la llamada «Querella Iconoclasta», que provocaría el cisma entre las iglesias de Oriente y Occidente. El motivo central de la disputa fue la existencia de dos interpretaciones del cristianismo totalmente irreconciliables, los iconódulos y los iconoclastas. Resultaría absurdo tratar de dirimir en esta cuestión quiénes son los herejes, pues ambas facciones se dieron la una a la otra tal consideración. Los iconódulos eran partidarios de la adoración de imágenes, frente a los iconoclastas, quienes consideraban idolatría cualquier veneración de figuras que representen a la divinidad, con la única excepción de la cruz.
Cabría hacer una reflexión a este respecto. Se ha dicho en alguna ocasión que los iconoclastas estaban influidos por el islamismo, que prohibe la veneración de imágenes. No obstante, también el judaismo las proscribe, pues en el Antiguo Testamento figura la censura explícita a la idolatría de las efigies. Pero aún más; también durante la época primitiva del cristianismo había estado proscrita tal veneración. En los primeros siglos del cristianismo se admitía la devoción por las reliquias, pero no por las imágenes. Esta situación comenzó a cambiar conforme se fue extendiendo el cristianismo por las zonas de cultura pagana, con su arraigada costumbre idolátrica. El imparable deseo de proselitismo del cristianismo sufrió inevitablemente la influencia de sustrato de estas otras culturas que sí admitían el culto a las imágenes, y para sobrevivir en esas zonas y ganar adeptos, se vio obligado a adaptar poco a poco su doctrina a la nueva realidad y a las nuevas necesidades pastorales. Ya los páganos atribuían poderes milagrosos a sus reverenciadas representaciones. La idolatría era inherente a su espiritualidad, a su forma de entender la fe. Para extenderse por tales territorios, el cristianismo no tuvo más remedio que acoger en su seno tales costumbres; eso sí, adaptadas a su doctrina.

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