La invención de la herejía

«Bien veo que algunos me tendrán por atrevido, otros por inconsiderado, pues no advierto el riesgo que corro, y pues me atrevo a poner la lengua, persona tan particular y retirada, en lo que por juicio de hombres tan sabios y experimentados ha pasado; excusarme ha empero el buen celo de este cargo, y que no diré cosa alguna por mi parecer particular, antes, pues todo el reino clama y gime debajo la carga, viejos y mozos, ricos y pobres, doctos e ignorantes, no es maravilla si entre tantos alguno se atreve a avisar por escrito lo que anda por las plazas, y de que están llenos los rincones, los corrillos y calles». Juan de Mariana

Resulta curioso e instructivo saber que, etimológicamente, la palabra herejía deriva del griego hairesis, que significa doctrina o creencia. Así entendido, el hereje sería, por tanto, un simple creyente, un doctrinario que hace uso de su libertad de conciencia para acoger o aceptar una determinada confesión religiosa. En cambio, lo que en este libro vamos a tratar de estudiar es el sentido histórico que la Iglesia Católica le dio a la palabra herejía, entendiéndola como una disidencia en materia de fe, como un desvío del dogma. El hereje será el disidente, el rebelde que acepta pero no acepta del todo la verdad revelada, aquel que se sale del tiesto, quien no reconoce la autoridad, el disolvente individuo que se atreve a negar los principios formulados desde Roma, el heterodoxo por cuenta propia, impenitente y obstinado, que sostiene sus posturas a pesar de las amonestaciones o amenazas, el cuestionador de lo establecido, ese molesto y pertinaz sujeto que interpreta a su modo las Sagradas Escrituras, el que, ignorando la tan repetida infalibilidad del pontífice como vicario de Cristo, osa proponer un desvío del credo dogmático, canónico y oficial, quien incurre en un error de carácter doctrinal según el parecer de la siempre Santa, Católica, Apostólica y Romana Iglesia nacida de las predicaciones de Jesús de Nazaret.

El perfil de un hereje es el de un hombre en inútil pero reconfortante rebeldía. Su disidencia, considerada históricamente como destructiva, no es más, pero tampoco menos, que una fuerza disolvente con camino de ida y vuelta que ni destruye ni rasga aquello que amenaza, sino que, por el contrario, se vuelve del revés destruyendo a quien disiente. Hasta el más superficial repaso a las actuaciones de los más famosos herejes nos revela que su actuación es un suicidio diferido. El hereje, como el maldito, es un suicida que acaba destruyéndose a sí mismo al no encontrar asiento en el orden social impuesto. Lógicamente, el concepto decimonónico del malditismo, de raigambre romántica, no es más que una revisión literaria, adaptada a una época y a unos fines, de la vieja actitud del heterodoxo en materia de fe. Los poetas malditos del XIX comparten con los herejes algunas importantes señas de identidad; por supuesto la rebeldía, pero también la insolencia, la disparidad ideológica, la negación de lo establecido, la inadaptación social, el desahucio y, finalmente, el final trágico y casi baldío. Decimos casi porque siempre, o casi siempre, dejaron algo para el recuerdo o el estudio. Los poetas malditos, antes del suicidio, solían dejarnos una obra. Los herejes, antes de su relajación, con hoguera o sin hoguera, nos legaron una sombra de duda, unas actitudes, una filosofía que ensancha nuestro norte ético, una teología que abre nuevos horizontes, otra manera de estar en el mismo sitio y, en ocasiones, algunas verdades como puños que, tarde o temprano, acaban siendo aceptadas.

Por tanto, la invención de la herejía es también la invención del malditismo. Herejes y malditos van cogidos de la mano. De cara a la Iglesia de Roma, los herejes fueron, en tantos casos, disidentes tentados por el mal, e incluso por el maligno, y, paradójicamente, la historia de su invención corre pareja a la historia de la violencia en el seno del credo católico.

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