La invención de la herejía (3)

A partir del siglo VII un nuevo, e imparable credo, ensombrece el horizonte cristiano. El Islam, la religión predicada por Mahoma, se extiende como la pólvora de modo milagroso. África, Asia, y la Hispania visigoda, caen bajo su influjo rápidamente. Desde los tiempos del Imperio romano, ninguna otra fuerza militar había amenazado a la cristiandad con tan belicosa acometida. Ni siquiera los hunos de Atila habían supuesto un peligro semejante. Sólo Carlos Martel, el abuelo del emperador Carlomagno, consegüira detenerlos en Poitiers. Occidente estaba a salvo, pero medio mundo había caído bajo el poder del Islam.

Resultaba comprensible. La fe predicada por Mahoma exaltaba la violencia y prometía un cielo sensual para todo aquel que luchara y muriera en nombre de Alá. Para los musulmanes, la espada era la llave que abría las puertas del séptimo cielo, donde aguardaban las huríes, dulces doncellas virginales de mirada de gacela y exquisita sensibilidad que harían las delicias de todo aquel que muriera en el fragor de la batalla. Era una tentación irresistible, una promesa sin parangón, una oferta inmejorable. Frente a ella, el ideal cristiano sólo anunciaba un cielo casto, angelical, de difícil acceso y donde quedaba reservado el derecho de admisión. No había color. Su expansión fue extraordinaria. En el año 637, Jerusalén fue conquistada por el Califa Ornar I. A partir de entonces, la situación de los cristianos en Tierra Santa se fue volviendo cada vez más precaria, y cuando en 1071 la ciudad sea conquistada por los turcos selyúcidas, que destruyeron el Santo Sepulcro, se pondrá la primera piedra sobre la que se alzará otra Iglesia, nuevamente renovada, y cuya transformación será aún más perversa que la experimentada a partir del siglo IV.

En el año 1095, el papa Urbano II, en la ciudad francesa de Clermont-Ferrand, predicó la primera cruzada contra el infiel frente a un numeroso grupo de seglares y clérigos. Por arte de paradoja, el cristianismo heredará del Islam el concepto de la jihad, la guerra santa, la aniquilación del enemigo en nombre de Dios. A imitación de las promesas eternas de Mahoma a sus creyentes, el papa de Roma otorgaría indulgencias plenarias al guerrero que muriera por la causa. El cielo estaba garantizado. La espada de líneas cruciformes se llenará de sangre por la gloria del Cristo que murió en la cruz. Los cruzados se convirtieron así en los muyaidines del cristianismo. Se exaltará la violencia. Todo estará permitido. De camino a Tierra Santa, los cruzados dejaron un reguero de sangre. A todo aquel que no comulgaba con la fe del Señor, se le ofrecía el bautismo o la muerte. Los judíos fueron una presa fácil. En el año 1096, todos los judíos de la ciudad de Worms fueron masacrados. En 1099 fue reconquistada Jerusalén. La victoria fue gloriosa. ¿Qué duda podía caber después de esto? Dios debía de estar de parte del papa. Aunque Jesucristo sólo predicó la paz y la mansedumbre, el papa de Roma prefirió ser, como Mahoma, un comandante de ejércitos, un administrador de justicia. No puede imaginarse mayor traición a las nueve promesas que Jesús hizo en su sermón de la montaña:

Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán en herencia la tierra.
Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.
Bienaventurados los que tienen hambre y sed de la justicia, porque ellos serán saciados.
Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.
Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios.
Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados los hijos de Dios.
Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el Reino de los Cielos.
Bienaventurados seréis cuando os injurien, y os persigan y digan con mentira toda clase de mal contra vosotros por mi causa.

¿Qué terrible influencia tuvieron las cruzadas de cara al tema de la herejía? Muy sencillo. Se creó un precedente. La Iglesia de Cristo dejó, definitivamente, de santificar la vida. Los ministros de Cristo proclamaron el derramamiento de sangre. La violencia fue exaltada. Se dio un paso decisivo. A partir de entonces, no habría misericordia para el enemigo. Todo aquel que amenazara, de palabra o acción, con destruir esta nueva Iglesia, tan alejada ya de su fundador, sería depurado. Al hereje, que siempre había estado condenado, se le otorgó la categoría de enemigo y, como tal, debía ser aniquilado.

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