Juana de Arco: Doncella, heroína y relapsa

herejes

Juana de Arco en la hoguera

«Los quemados en Europa (Jan Hus, Étienne Dolet, Miguel Servet, Giordano Bruno, etc.), expresaron ostensiblemente pensamientos adversos a los dogmas de Roma; los ahorcados y luego quemados por la Inquisición española no formularon doctrina alguna, y murieron por haberse conducido en una forma desagradable para aquellos vigías de la conducta, gente chismosa, chinchorrera, rezumante de furia talmúdica y detallista. Lo peculiar y nuevo de la Inquisición yacía en la sutil perversidad de sus procedimientos, en el misterio de sus pesquisas, en tener como base de sus juicios la delación y el chisme, y en combinar la rapiña y despojo de las víctimas con un pretendido celo por la pureza de la creencia. No hubo en España luchas religiosas; fue propio de ella la sabiduría teológica, mas no la doctrina original y organizada, ortodoxa o heterodoxamente. Las creencias españolas eran lo que el aluvión de los siglos había ido acumulando en las almas teñidas de cristianismo, islamismo y judaísmo -el lujo taumatúrgico de los santos, y el mesianismo y fatalismo de las masas-. Tras de la Inquisición no había plan doctrinal de ninguna clase, sino el estallido furioso de la grey popular, al que sirvió de explosivo el alma envenenada de muchos conversos».
Américo Castro
La vida de Juana de Arco, el proceso inquisitorial que la llevó a la hoguera y, sobre todo, su posterior canonización en el siglo XX, causan, ante todo, la más absoluta perplejidad en el escéptico que se acerca a los acontecimientos históricos dispuesto a comprender lo sucedido sin necesidad de recurrir ni al mito ni a la leyenda. En el proceso de la llamada «Doncella de Orleans» permanece siempre una zona de duda indescifrable, que convierte su caso en un verdadero misterio entre político y religioso.

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