Juana de Arco: Doncella, heroína y relapsa (3)

El propio Pierre Cauchon, en la Introducción al proceso, lo dejó dicho con las siguientes palabras:
«A la divina Providencia ha complacido que Juana, llamada la Doncella, cayese en manos de valerosos soldados mientras estaba en el territorio de nuestra diócesis y jurisdicción. Ya había corrido la voz de que esta mujer, habiendo abandonado la dignidad del propio sexo, así como toda vergüenza y femenino pudor, por una extraña e increíble depravación, vestía ropa insólita, adecuada para los hombres; se decía que su presunción llegaba hasta sostener afirmaciones contrarias a muchas verdades católicas; se sabía con seguridad que había cometido todo esto también en otras partes del Reino. Llegados a conocer todas estas depravaciones los Padres de la Universidad y Fray Martín Billorin, vicario de monseñor el Inquisidor, éstos, eminentes hombres, rogaron a los nobilísimos duques de Borgoña y a Jean de Luxemburgo, que tenían prisionera a la susodicha Juana, que la entregaran como sospechosa de herejía».
Desde el momento en que Juana de Arco entró en el entorno opresivo de la Inquisición, su condena fue segura. Como para cualquier otro reo, sólo había dos posibilidades para ella: o bien se retractaba, reconociendo su culpabilidad, lo que implicaba aceptarse como hereje; o bien persistía en su postura, con lo que sería declarada relapsa, es decir, herética reincidente. No había nada que hacer. Los inquisidores demostraron una vez más que todas sus preguntas, cada uno de los interrogatorios y las repetidas audiencias iban encaminadas a demostrar su culpabilidad. Las palabras de Juana serían manipuladas, tergiversadas, desnaturalizadas y directamente falseadas con el único propósito de apoyar una sentencia condenatoria. Quizá el ejemplo más notorio sea el de la anécdota del famoso «Árbol de las Hadas» del que hablamos más arriba. Interrogada sobre el tema, Juana confesó que jugaba de niña en sus alrededores, que bailaba cerca de él, que su madrina le contaba historias mágicas sobre ese árbol, propias del folclore normando, pero una y otra vez repitió, durante su proceso, que ella no creía en las historias que se contaban sobre las hadas. En uno de los interrogatorios llegaría a decir, explícitamente:
‘Pero yo nunca lo he creído».
De nada le iba a servir tal aseveración. La anécdota del árbol y sus hadas, con el componente mágico que desprende, sería ladinamente utilizado por los inquisidores para lanzar sobre Juana la acusación de haber participado, ya desde niña, en ciertos cultos de brujería. En uno de los artículos de su proceso podemos leer:
«Ahijada de una madrina bruja, frecuentó una fuente que creía mágica y el árbol llamado de las Hadas; alrededor de ese árbol bailaba, cantaba y pronunciaba fórmulas mágicas, colgaba guirnaldas en honor del árbol y de las hadas, que vendrían a llevárselas durante la noche».
Es un buen ejemplo de la típica fantasía desplegada por los inquisidores, una variación de lo dicho realmente con el único propósito de justificar el final hacia el que se encaminaba el proceso inquisitorial.
El 23 de mayo de 1431, se procedió a la lectura de los doce cargos por los que se la condenaba. Son éstos:
Primero: «Las apariciones son mentirosas y proceden de espíritus diabólicos y malignos».
Segundo: «El signo de la corona dada por los ángeles al presunto rey Carlos por el arzobispo de Reims es mentira y ofende la dignidad de la Iglesia».
Tercero: «Decir que se cree en las apariciones de los ángeles como se cree en Cristo es pecado contra la fe».
Cuarto: «El conocimiento de los acontecimientos futuros es adivinación, presunción y superstición».
Quinto: «Llevar peinados y trajes masculinos, recibir en ese estado los sacramentos es blasfemia contra la fe, la ley natural dictada por Dios sobre los sexos y paganismo».
Sexto: «Desear la muerte de tus enemigos muestra tu crueldad, sed de sangre, sedición, tiranía, además de desobediencia a las órdenes divinas».
Séptimo: «El abandono de la casa paterna es pecado de impiedad contra los padres y contra el mandamiento de honrar padre y madre».
Octavo: «Has intentado suicidarte, crimen gravísimo contra la providencia divina».
Noveno: «Tu idea respecto a ti misma como si casi no tuvieses pecado es temeraria presunción».
Décimo: «Has pecado contra los santos al atribuir a Catalina y Margarita deseos de venganza contra los ingleses».
Undécimo: «Has hecho juramentos ilícitos, eres idólatra, invocadora de demonios, hereje».
Duodécimo: «Al no habernos obedecido a nosotros, que representamos a la Iglesia en la Tierra, te has revelado cismática, apóstata y hereje pertinaz».
Una semana más tarde, el 30 de mayo de 1431, era quemada viva en la plaza del Mercado viejo de Rúan.
Veinticinco años después, la Iglesia revisó su caso y la declaró inocente. En 1920 fue canonizada por el Papa Benedicto XV.

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